Revoluciones

¿Qué tipo de capitalismo queremos? Esta sea tal vez la pregunta que defina nuestra era. Una pregunta a la que hemos de responder correctamente si queremos que nuestro sistema económico sea sostenible para las generaciones futuras. 

Klaus Schwab

Revolución significa dar vuelta las cosas como una media. En mecánica, en física, y especialmente en astronomía, una revolución es una vuelta. En 1543 se publicó un texto de astronomía que se llamaba “Sobre los giros de los cuerpos celestes”, que en latín se titula “De revolutionibus orbium coelestium” escrito por Copérnico. Ese es el texto en el que se desarrolla la teoría que explica el comportamiento de los astros visibles a partir de un orden heliocéntrico, es decir, poniendo en el centro del sistema celeste al sol y no a la tierra, como estaba establecido desde que Ptolomeo, casi 1400 años antes, había postulado su modelo geocéntrico. La distancia temporal entre Ptolomeo y Copérnico es casi tres veces la que nos separa a nosotros de Copérnico, es decir, la que nos separa de la idea universal de que todos los astros giraban en torno a la tierra. Esto sirve para comenzar a dimensionar el impacto del texto de Copérnico. 

La obra marca el comienzo de aquello que luego se llamó Revolución Científica [1], es decir, el nacimiento de la ciencia moderna. Este proceso modificó las estructuras fundamentales del conocimiento mundial, y con él de todas las instituciones culturales y sociales, en la medida en que tuvo un gran impacto en las nuevas construcciones teóricas y prácticas del orden político, económico y social. 

No es razonable considerar que el texto de Copérnico haya sido la causa suficiente de la revolución científica, pero es indudable que es un antecedente necesario. No se puede explicar de manera consistente lo que vino después sin tener en cuenta el impacto de ese texto. De la misma forma, no se puede considerar que la Revolución Científica sea causa suficiente del pensamiento revolucionario posterior, pero es, indudablemente, un antecedente necesario. 

En 1688 el rey Jacobo II de Inglaterra fue derrocado por una conspiración de parlamentarios que pusieron en su lugar a un tal Guillermo de Orange. Ese proceso ha sido historizado como la Revolución Gloriosa, o la Revolución Incruenta, con un evidente sesgo. Pero lo interesante es que es referenciado como el primer contexto en el que se registra un uso general del término Revolución con carácter político en el momento mismo de los hechos. Se trata de dar vuelta un gobierno y con él las estructuras políticas de una sociedad. Aquella fue una revolución liberal que trajo consigo dos elementos de enorme trascendencia: el parlamentarismo y la declaración de derechos. Sin ellos también resultaría incomprensible el desarrollo posterior del socialismo inglés, las ideas fundacionales del modelo democrático estadounidense, la declaración de los derechos del ciudadano, y, con todo ello, el pensamiento revolucionario moderno. Una vez más no se trata de causas suficientes, sino de antecedentes necesarios. 

El impacto de la Revolución Científica acompañó en Occidente la progresiva secularización del conocimiento, es decir, su distanciamiento cada vez mayor del dogma cristiano para consolidarse poco a poco en el predominio excluyente del método. Esto es un ejemplo de lo que pueda significar modificar radicalmente las estructuras de un sistema de pensamiento, lo cual refuerza el carácter revolucionario de aquel proceso. Esta secularización puso de relieve al ser humano y abrió el paso a un humanismo moderno que desacralizó las instituciones sociales hasta concebirlas como determinadas por la voluntad humana. Esta voluntad pronto se vería tensionada entre la razón y el privilegio dando lugar a una polarización que se representará como izquierdas y derechas a partir del parlamento de los tres estados en la Francia revolucionaria de 1889. 

Esta tensión entre humanismo racionalista y dogmatismo conservador se convirtió más temprano que tarde en un modelo binario de una política racional y progresista, por un lado, y otra dogmática y conservadora, por el otro, lo cual es un reduccionismo caricaturesco. Pero es cierto que la idea de una sociedad cuyas instituciones son seculares y, por lo tanto, ligadas a intereses llegó para quedarse. El orden político, hasta ese momento susceptible al diseño de corrientes morales, comienza a deberse a una fe científica a imagen y semejanza de las ciencias naturales. Es en este contexto que la idea de Revolución se vuelve un eje de comprensión de la historia humana determinada por condiciones que no están dictadas por voluntad divina sino por su propia naturaleza. 

También en este contexto lo que fueran modelos utópicos de sociedades imaginarias que habrían de alcanzarse a través de la construcción pacífica de experimentos sociales se convierten en proyectos revolucionarios llevados adelante por sujetos sociales concretos, interesados en la transformación, pero ligados de alguna manera a las determinaciones históricas o naturales. Desde el punto de vista ideológico, se pueden observar aquí dos modelos diferentes de Revolución. Por una parte, la revolución de la historia y por la otra la revolución de los revolucionarios.  

En el primer sentido la palabra Revolución se usa para nombrar puntos de inflexión determinados por condiciones históricas que no se corresponden estrictamente con la voluntad de los implicados, sino con procesos que parecieran responder a una determinación natural, como si cayeran simplemente por su propio peso. En el segundo sentido, las revoluciones, más o menos ligadas a determinaciones históricas o naturales, son materializadas por un sujeto social que las realiza en virtud de sus propios intereses o de alguna clase de idea de justicia universal y trascendente.  

La idea de Revolución Industrial aparece más como una determinación histórica inexorable que como una acción subjetiva rebelde y violenta. Es un concepto que viene, precisamente, de aquel modelo en el que la sociedad humana es pensada como determinada por una evolución con saltos discretos, revolucionarios, pero que no dependen de la voluntad humana ni de una determinación divina, sino de una suerte de historia que avanza por sí misma, como si fuera natural. Este modelo se afianza en la tradición marxista pero la excede, como veremos, en el contexto general del pensamiento político y social del siglo XIX y XX. 

Revolución Industrial, entonces, es el nombre de un proceso que se liga con la aparición de la máquina de vapor y el transporte ferroviario y un consecuente desarrollo exponencial de la industria con su tránsito desde el taller a la fábrica. Según se lo mire, esta revolución es causa o consecuencia de la consolidación del sistema capitalista. Lo cierto es que es impensable el capitalismo moderno sin las condiciones de producción, distribución y consumo de bienes que habilita la infraestructura técnica de la industria urbana. 

En este sentido, la noción de Revolución Industrial es inseparable de la noción de capitalismo. El capitalismo, como sistema económico que se centra en la acumulación de riqueza en virtud de la propiedad privada sobre los bienes de capital, va hermanado con un desarrollo tecnológico que proyecta esa acumulación a magnitudes insospechadas y dimensiones universales. Es, por otra parte, el contexto económico en el que ese desarrollo efectivamente ha ocurrido, promovido también por herramientas financieras que permitieron el auge de un empresariado burgués tan alejado de la nobleza como enemigo del proletariado.  

Actualmente la palabra Revolución se ha convertido en un slogan publicitario. La novedad, al interior del sistema capitalista, es compuesta con la imagen de una revolución en el orden del consumo, con la aparición de productos cada vez más novedosos, luminosos, brillantes y portadores de la libertad individual, como grageas de nirvana que duran cierto tiempo y se renuevan permanentemente. Esta ilusión de novedad es intrínseca y sustancial para el capitalismo en la medida en que el consumo de bienes de manera fervorosa es la única sangre que puede mantener vivo al sistema de producción, y llega más lejos de lo que se podría pensar. No es ya solamente una estrategia de mercadeo, sino un patrón cultural. Si se lo mira bien, el intercambio, y por lo tanto el mercadeo, es un patrón interpretativo con el que se analiza la conducta humana en la sociedad contemporánea sin restricción alguna. Toda relación, física, biológica o social, es interpretada espontáneamente como un intercambio. 

En cualquier caso, lo que fuera en su momento La Revolución Industrial, se convirtió pronto en una Primera Revolución Industrial, y se nombró una segunda que, propulsada por la aparición del motor a combustión, el uso industrial y civil de la energía eléctrica, y la cadena de montaje, abarcaría el final de siglo XIX y el comienzo del XX. Como era previsible se agregó una tercera, más pronto que antes, signada por la invención del transistor, la primera informática y el desarrollo de las telecomunicaciones. Casi de inmediato tenemos ya una Cuarta Revolución Industrial, la Revolución 4.0, como etiqueta de una transformación productiva de la mano de la inteligencia artificial, la edición genética y el procesamiento masivo de datos. 

Es notable que la noción de Revolución 4.0, o cuarta revolución industrial, fue creada por Klaus Shwab, fundador del Foro Económico Mundial (Foro de Davos) y promovida en su libro homónimo. Es notable porque el contexto general del concepto incluye una adecuación de la relación entre los sectores público y privado, es decir, entre gobiernos y empresas, postulado desde uno de los más influyentes foros del capitalismo mundial. No se trata de señores detrás de las cortinas, ni de ninguna paranoia, sino de una iniciativa pública destinada a preservar al sistema capitalista ante el impacto de sus propias consecuencias. 

La idea detrás de las sucesivas Revoluciones Industriales se fija en dos pilares fundamentales: 1- La revolución es una determinación histórica equivalente a una ley natural de carácter neutral, es decir, desinteresada; 2- Las consecuencias de las novedades tecnológicas, concebidas como avances en una imaginaria evolución lineal, implican consecuencias necesarias que no forman parte de los debates políticos o sociales, sino de la misma neutralidad de la evolución histórica. 

En otras palabras: la economía es asimilada a la naturaleza a través de un modelo liberal que pretende que el mercado, a semejanza de un sistema físico, equilibra en su interior las múltiples fuerzas de la interacción humana y resulta en una optimización de los beneficios. Este ecosistema liberal admite, no obstante, la intervención de los Estados en la redistribución de la riqueza en tanto y en cuanto no interrumpa la actividad empresarial alterando las expectativas. 

Si algo merece el nombre de neoliberalismo no es la aparente ferocidad de un liberalismo antiestatal, sino la estrategia de conciliación entre los sectores público y privado en la que el empresariado cede una parte muy menor de su margen de ganancia a corto plazo a cambio de una perspectiva de estabilidad y crecimiento en el largo plazo. Como contraparte, el gobierno queda completamente subordinado a una aparente objetividad técnica de carácter global en el seno de la cual su función ya no consiste en la regulación de las relaciones de empleo sino en la garantía de un consumo administrado. 

El desarrollo de la industria urbana que se consolida a mediados del siglo XIX, con el emblema del ferrocarril y de la fábrica, se resuelve hacia mediados del siglo XX en un modelo de conciliación de clases en el que los Estados Nacionales regulan la relación de empleo garantizando, hasta cierto punto, algunas reivindicaciones proletarias en la forma de derechos laborales. Este modelo actualmente se encuentra en crisis dado que las nuevas condiciones tecnológicas ofrecen una productividad altísima. Esta productividad, capturada por los propietarios del capital, maximiza la rentabilidad a condición de reducir la mano de obra utilizada en el proceso productivo. Las nuevas condiciones ofrecen un gran estímulo para el empresariado en la dirección de reducir el personal y flexibilizar las relaciones de empleo, estímulo que no tiene nada de nuevo pero que encuentra en el desarrollo tecnológico condiciones óptimas para su implementación. 

La Revolución 4.0 es, en otras palabras, la Revolución del desempleo y la transformación de la relación entre Empresa y Estado. Esta relación se convierte en una sociedad en la que el Estado financia la actividad económica sin necesidad de que la empresa pague con salarios la capacidad de consumo. La novedad de esta aparente revolución evidencia que no es más que una profundización de las mismas aberraciones con recursos cada vez más optimizados. 

Toda la parafernalia de mercadeo que se lanza para crear la fantasía de un cambio de era es una estrategia de metaconsumo, es decir, de un consumo destinado no a producir riqueza sino a crear las condiciones para su producción. En otras palabras, nos venden una Revolución 4.0 como si se tratara de la actualización de una app, con novedades destinadas a mejorar la experiencia de usuario, cuando en rigor nos están vendiendo una nueva versión del sistema capitalista en la que se incorporan mejoras destinadas a optimizar los beneficios de la clase propietaria redistribuyendo la carga de recursos de la clase productiva. 

La economía contemporánea tiende a distanciarse cada vez más de la producción de bienes tangibles propios de una economía real clásica y se orienta hacia una financiarización del valor explotando al infinito la ambición de consumo de las clases medias y bajas [2], poniendo al alcance de todos una trampa financiera que es la panacea del más fuerte devorándose al más débil.

En un mercado saturado de mercancías, pero necesitado de crecimiento, la estrategia es convertir en mercancía la ilusión de consumo. El máximo exponente de esta financiarización de la economía es la creación de monedas virtuales y bienes ficticios derivados de la cadena de bloques o blockchain. 

La cadena de bloques es una tecnología que permite, principalmente, gestionar la integridad de un conjunto de datos con estrategias distribuidas, es decir, sin las vulnerabilidades derivadas de la centralización tecnológica. Tecnología en estado puro. El problema aparece cuando esta tecnología se identifica conceptualmente con ciertas prácticas económicas o sociales y vende la ilusión de descentralización política o distribución económica, detrás de una descentralización tecnológica. Es como si se pretendiera obtener una sociedad más horizontal con la invención del nivel de manguera. 

La fiebre de las criptomonedas es parte de esta vieja novedad. Se trata de invenciones tecnológicas que tienen una gran potencia para resolver problemas reales o para ampliar capacidades reales, pero que están destinadas a profundizar las estrategias de concentración de la riqueza en un mundo que es desigual no por sus limitaciones tecnológicas, sino por sus decisiones políticas, económicas y sociales. La injusticia no es un asunto ponderable con la discrecionalidad y exactitud de un termómetro, sino una categoría del juicio racional que se desprende de la contradicción entre un estado real del mundo y los principios que configuran una afirmación verdadera. No hay tecnología que nos libre de las decisiones con las que se abren las consecuencias políticas, económicas o sociales del principio de igualdad.

En el siglo XIX el pensamiento revolucionario tuvo su auge. Todos los asuntos de la humanidad, incluyendo la cuestión social, se postularon en términos de revolución y anti-revolución. Así como la reacción antirrevolucionaria de principios del siglo XX se cifró en la matriz ideológica de la encíclica “Rerum Novarum”, es decir, “De las cosas nuevas”, el conservadurismo contemporáneo nos vende el mismo veneno con el nombre de Revolución. Pero aquí no hay nada parecido a dar vuelta al mundo como una media, sino más bien todo lo contrario. Se trata de darnos unas vueltecitas a ver si nos mareamos y compramos la ilusión de novedad en la profundización de los mismos paradigmas. Pero por más que la mona se vista de seda, mona queda. La Revolución 4.0 es una fantasía a la que más nos conviene desestimar en su forma y atender en su contenido: es un relanzamiento del capitalismo que promete nuevas formas para la misma expoliación. 

[1]   La estructura de las revoluciones científicas, Thomas S. Kuhn (1962). No me interesa tanto la pertinencia epistemológica como la utilidad de la expresión para nombrar el quiebre que da lugar al nacimiento de la ciencia moderna.
[2]   “We aim to work with partners and members to guarantee that everyone, including the most marginalized members of society, can benefit from both blockchain and the cryptocurrencies that are potential gateways to new wealth creation.”  (“Nuestro objetivo es trabajar con socios y miembros para garantizar que todos, incluidos los miembros más marginados de la sociedad, puedan beneficiarse tanto del blockchain como de las criptomonedas que son potenciales puertas de entrada a la creación de nueva riqueza.”) World Economic Forum
Hernán Mancuso, Afliado a SROV Capital
Categoría: Opinión
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