Pedagogía del opresor

Después de atravesar una pandemia, en donde la brecha tecnológica se hizo visible derrumbando esa visión académica y de clase en donde las infancias eran “nativas digitales”, sin contemplar su origen y desde donde partía su realidad, la escuela quedó en  el centro de los debates, vacíos de pedagogía, llenos de perigrulladas políticas, sin un  docente consultado, ni muchos menos con la voz de las comunidades desconectadas, pero  sí direccionando los discursos hacía reformas de la “nueva normalidad”. 

El debate desde el Estado y los representantes del mercado se centró en aquellos sectores  sociales que habían quedado desconectados de la escuela, con respuestas disciplinarias y  contenedoras en el contrasentido liberador de la pedagogía, con programas que los  retuvieran más horas institucionalizados en la escuela y en condiciones precarias de aprendizaje, siendo el lugar del hecho educativo el patio y no el aula, sin intercambio con sus compañeros y en extensas jornadas extraescolares que aumentaron la alienación que  ya traían consigo desde el encierro pandémico.  

Ésta política de gestión pedagógica de la pobreza solo podía ser acompañada utilizando mano de obra necesitada y precarizada bajo formas antiestaturias de trabajo docente. El ejército de docentes desocupados que intencionadamente creó el sistema burocrático del  Estado argumentando la imposibilidad de hacer actos públicos presenciales, empujó a la  necesidad a miles de docentes (en su mayoría ingresantes) a aceptar ser parte de los  programas de contención social conocidos como ATR o FORTE para realizar la tarea situada en las infancias “desconectadas”, bajo el discurso que combinó la inclusión educativa con exclusión de los derechos laborales.  

En esta puja de intereses, y en una correlación de fuerzas favorable al mercado que selló  el pacto con el FMI, se da la discusión de crear escuelas de jornada extendida. Apoyados  en el artículo 28 de la ley de educación nacional que preveía (tal vez pensando en una  situación social análoga) y comparando las horas que pasan otros niños en países “avanzado” (y otros no tanto como Chile) para justificar este avance sobre derechos de  alumnos, comunidades y trabajadores.  

La bandera de la democracia participativa se bajó (si es que alguna vez existió como verbo, y no solo como sustantivo) y los trabajadores de la educación quedaron por fuera del debate  que solo se veía por TV. El estado volvió a hacer sobre su monopólico poder curricular la  base para decidir sin consultar. Ante los reclamos de la burocracia sindical, el ministerio de educación nacional creó “mesas de trabajo” que para ser claros no es otra cosa que una  negociación espuria y a espaldas de los trabajadores con un fuerte respaldo del FMI, convirtiendo a este ensayo social en una punta de lanza para el resto de los trabajadores.  

El objetivo está puesto en la carga horaria y el salario. Los dos escenarios posibles son un  aumento de las horas de trabajo, que pasarían de las históricas ocho horas conseguirás en las calles y por la lucha obrera a principios del siglo XX con la FORA articulando esas jornadas de resistencia y creación. Una maestra pasaría a trabajar diez horas al día, lo que sentaría un precedente para el aumento de horas laborales para el resto de los gremios, siendo un avance de reforma laboral encubierta. 

La otra posibilidad es que se tome la decisión de escuchar el reclamo histórico docente sobre la necesidad pedagógica de trabajar sólo en un cargo para mejorar la calidad educativa, claramente solo como discurso del violinista, tomando el reclamo por izquierda, pero ejecutando por derecha con un ajuste encubierto de su salario que de reduciría según  dichos de los mismos funcionarios en un 75% al no poder acceder a un segundo cargo.  

Sea este u otro el escenario, la realidad es que el trabajo está inmerso en una crisis que el  mismo sistema generó. El disciplinamiento a fuerza de represión y de operaciones sobre la  subjetividad con discursos aporofóbicos y meritocráticos, han sumergido a la clase obrera en un momento de docilidad que no puede ni va a ser permanente; la efervescencia no se  puede regular tan fácilmente en un pueblo con tanta experiencia de lucha como el nuestro. El trabajo tiene que ser el lugar de discusión, de debate, de síntesis de las diversidades ideológicas para resistir y crear opciones de clase. El sistema ya no tiene nada para ofrecer: solo queda construir otras opciones desde el trabajador y para el trabajador.

Nicolás Avedaño
Categoría: Opinión
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