CUANDO LA UTOPÍA FUE POSIBLE

A 90 años de la revolución española

La Revolución Española de 1936 fue mucho más que la guerra civil de respuesta al golpe de estado civil-militar-religioso. Fue el intento más ambicioso de la clase trabajadora por construir un mundo nuevo desde abajo, sin patrones, sin Estado y sin Dios. Mientras medio ejército se alzaba contra la República, en la otra mitad del país los trabajadores y campesinos no defendían la democracia, defendían sus libertades en peligro y sus aspiraciones de cambio a la vez que ensayaban una sociedad autogestionaria que aún hoy nos asombra por su audacia y logros.

España era entonces un país de contrastes brutales. La mitad de la tierra cultivable estaba en manos de 50.000 terratenientes, mientras dos millones de campesinos sobrevivían con parcelas ínfimas. La industria, concentrada en Cataluña y el País Vasco, pertenecía en gran parte a capital extranjero. La Iglesia católica controlaba la enseñanza y acumulaba riqueza. El Ejército, con 15.000 oficiales y decenas de miles de guardias, era el garante de un orden social excluyente. Frente a este sistema, el movimiento obrero se organizaba en torno a la CNT anarcosindicalista  (1.500.000 afiliados) y  a la UGT socialista (1.400.000), junto a tendencias comunistas y al POUM de inspiración trotskista.

La proclamación de la República en 1931 había despertado esperanzas, pero pronto se frustraron. La represión contra los trabajadores siguió siendo sangrienta, como se vio en la rebelión Asturiana de 1934, con 3.000 muertos y miles de encarcelados. En febrero de 1936, el Frente Popular de izquierda ganó las elecciones, pero la derecha, temiendo una revolución, preparó el golpe militar. Este estalló el 17 de julio, pero fracasó en gran parte del país gracias a la intervención popular. Donde el golpe no triunfó, comenzó la revolución.

En la retaguardia, los sindicatos tomaron las fábricas y las tierras. Las asambleas de trabajadores decidían la producción, elegían comités y mejoraban las condiciones laborales, jornada de 40 horas, salarios más justos, seguridad social, sanidad y jubilación. En Barcelona, los transportes públicos fueron colectivizados. Se crearon restaurantes populares y se aseguró el abastecimiento. En el campo, los campesinos formaron centenares de colectividades: 350 en Cataluña, 500 en Levante, 450 en Aragón (donde el 75 % de la tierra pasó a gestión comunal) y muchas más en Castilla, Andalucía y Extremadura. Estas colectividades se federaron para equilibrar recursos y evitar intermediarios.

La sanidad, hasta entonces precaria, dio un salto cualitativo, se construyeron hospitales, se crearon servicios de puericultura y se extendió la atención médica a las clases populares. La educación, otro pilar del proyecto autogestivo, se basaba en la Escuela Moderna de Francisco Ferrer de enseñanza científica, laica, mixta y anti autoritaria. Las escuelas racionalistas se multiplicaron por todo el territorio revolucionario.

Sin embargo, la revolución se enfrentó a dos enemigos. Uno externo con el fascismo europeo, que apoyó a Franco con tropas dinero  y armas de la Alemania Nazi y de la  Italia Fascista de Mussolini, Pero también por las empresas norteamericanas como la Ford (que proporcionaba camiones) y la Shell (que facilitaba combustible), mientras las democracias occidentales jugaban a una “no intervención” ya que temían mas a la revolución que al fascismo lo que en la práctica beneficio a los golpistas. El otro enemigo fue el interno, la contrarrevolución impulsada por el Partido Comunista, que canalizaba la ayuda soviética de Stalin y que fue imponiendo su control militar y político, postergando primero y luego aplastando la colectivización. En mayo de 1937, las milicias comunistas atacaron a los anarquistas en Barcelona con el visto bueno del gobierno republicano. Poco después, desmantelaron las colectividades agrarias de Aragón.

El movimiento libertario cometió graves errores tácticos como aceptar la militarización de sus milicias o enviar representantes a formar parte del gobierno, diluyendo su esencia anti estatista y dejando hacer al enemigo interno que, como los comunistas proclamaba “Primero ganar la guerra y luego hacer la revolución”. Esa contradicción fue una de las claves de su derrota, pero no la única, el cerco y el aislamiento de parte de los países que apenas unos años después sufrirían las consecuencias del fascismo también influyeron en el martirio de un pueblo valiente que supo batirse por sus ideales. 

Tras la derrota en 1939, Franco impuso su dictadura fascista que duró hasta 1975, con cientos de miles de exiliados, encarcelados y fusilados. La posterior transición pactó una democracia sin justicia, sin depuración del franquismo y con la Iglesia como cómplice.

Pero la historia no termina. Noventa años después, el ejemplo de aquella revolución obrera y campesina que se atrevió a gestionar su propia vida sin jefes ni dioses sigue siendo un ejemplo posible de construir porque la utopía no es un lugar, sino un norte. Y mientras exista la opresión y la explotación del ser humano los pueblos podran imaginar otro mundo posible.

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Categoría: Historia