Durante años, el Estado fue reemplazando derechos previsionales por ayudas sociales como forma de contener, pero no garantizar. Los planes sociales funcionaron como paliativos que reemplazaban al acceso pleno a una jubilación. Así, los gobiernos se des responsabilizaron estructuralmente mientras aparentaban atender la urgencia. Este no es solo un ajuste: es una forma de necro política, donde se decide quién vive y quién muere, quién merece cuidados y quién debe ser abandonado. La figura del jubilado pobre —invisible, solitario, sobreviviente— es hoy uno de los rostros más claros de la violencia estructural del neoliberalismo argentino.
Precarización del trabajo: vejez sin futuro. La destrucción del presente laboral precariza también el porvenir de las jubilaciones. El avance del trabajo informal, tercerizado, autónomo sin derechos implica que millones de personas no están aportando adecuadamente al sistema previsional. El trabajo precarizado afecta las jubilaciones del futuro de manera directa: Menos aportes, por trabajos no registrados o mal categorizados. Trayectorias laborales discontinuas que no alcanzan los 30 años exigidos. El espejismo del monotributo: millones aportan lo mínimo y recibirán haberes mínimos. Frente a este panorama devastador, la economía solidaria aparece como uno de los pocos espacios donde la dignidad de la vejez puede seguir cultivándose. Mutualismo, cooperativismo, redes de cuidado, comedores populares, centros de jubilados autogestionados, sindicatos de base… Lo estatal no es lo público, lo público no es lo privado. Para desarticular el sentido común neoliberal, es clave diferenciar lo estatal, lo público y lo privado:
Lo estatal es lo que administra el gobierno, bajo su lógica burocrática o tecnocrática.
Lo privado responde al lucro y al mercado.
Lo público es lo que pertenece a todxs, lo común, lo que debe garantizarse y sostenerse desde abajo o desde el Estado, pero siempre en clave colectiva.
La salud, la educación y la seguridad social no deben ser ni mercancías ni dádivas. Son derechos construidos históricamente por luchas populares. Defender lo público implica también disputar qué tipo de Estado lo gestiona, cómo y para quién. La perspectiva anarquista: crítica al asistencialismo desde abajo. La F.O.R.A. se opuso a la institucionalización de las jubilaciones como imposición estatal. No por desprecio a la vejez, sino porque entendía que toda dependencia del Estado era una forma de dominación. Planteaban que los trabajadores debían organizar su propio sustento a través de mutualismo, apoyo mutuo y solidaridad obrera. En ese contexto, veían la jubilación estatal —especialmente bajo el peronismo— como una trampa: una forma de cooptar a los trabajadores bajo un modelo de Estado benefactor que, a cambio de asistencia, exigía obediencia política y disciplinamiento. Paradójicamente, la Libertad Avanza también quiere destruir la jubilación. Pero no para liberar a los viejos del control estatal, sino para entregarlos al mercado. La diferencia es abismal: donde la F.O.R.A. veía la posibilidad de una comunidad solidaria sin Estado, Milei ve individuos aislados compitiendo en la selva del capital. Volver a pensar esas críticas no significa rechazar la seguridad social, sino repensarla desde una lógica autogestiva, cooperativa, comunitaria, en disputa contra el Estado burgués y el capital financiero. Porque entre el asistencialismo que doméstica y el ajuste que mata, hay otra vía: la organización popular para sostener la vida. La economía solidaria, el mutualismo, el feminismo popular que reconoce el cuidado como trabajo no son solo parches al Estado fallido. Son formas de vida insurrectas, verdaderos rizomas, que desde lo menor desafían lo mayor. En cada ronda de las Madres, en cada entrega de medicamentos organizada por jubiladas, en cada olla, hay una potencia que no se deja reducir ni por el mercado ni por la muerte social. Porque cuidar también es combatir, y porque el acto de no abandonar a los que ya lo dieron todo es la forma más radical de desobedecer al orden de la crueldad.
Esta no es solo una batalla por haberes y fórmulas, sino una lucha por el sentido mismo de la vida en común. Ante un gobierno que transforma la vejez en descarte, las comunidades se organizan solidariamente, capaces de enfrentar la desposesión con memoria, con altura, con furia lúcida.
