La semana de enero de 1919 se recuerda porque fue uno de los hechos más revolucionarios de la Federación Obrera Regional Argentina, en la que tomó parte todo el pueblo y en la que durante una semana, se sucedieron los acontecimientos más violentos que recuerda la historia de la F.O.R.A. En los primeros días de ese mes se declararon en huelga los obreros metalúrgicos de la casa Vasena, la que se negó a un pedido de mejoras presentado por el personal que trabajaba en ese establecimiento. Ante tal negativa, se acordó declarar la huelga, a la que respondieron todos y se trató por todos los medios, de impedir el acceso de rompehuelgas.
Se formaron comisiones que se turnaban y cuidaban del establecimiento para prohibir la entrada de traidores a la huelga y desde la esquina y la acera se hacía vigilancia. De pronto recibieron una descarga de ametralladora que causó varias víctimas, y se comprobó que en las azoteas de los balcones de la fábrica, se hallaban ocultos matones e individuos de avería, que habían sido contratados por los dueños para defenderlos, resguardar el establecimiento y liquidar a los dirigentes del movimiento.
La F.O.R.A., declaró la huelga general y el pueblo todo se lanzó a la calle. Ya no eran solo los obreros de Vasena, sino muchos los hombres y mujeres que se veían recorriendo la ciudad, indignados por los hechos ocurridos. Miles y miles de personas se atestaron en San Juan y Rioja para acompañar el cortejo fúnebre e inmolar a las víctimas de tan bárbaro crimen. Según las crónicas de los diarios, más de 200.000 obreros desfilaron por las calles de la ciudad en dirección a la necrópolis. Muchos choques se sucedieron en el camino; el auto del jefe de Policía fue incendiado y también lo fueron los talleres de Vasena, se desarmó a varios policías y se obligó a las ambulancias de la Asistencia Pública a llevar banderita roja.
Al llegar a la Chacarita un recio tiroteo culminó con la terminación del entierro; muchas fueron las balas que se cambiaron pueblo y policía, porque los obreros iban bien armados y dispuestos a defenderse adquiriendo la fuerza de su conciencia. Por todas partes se oía vocear a los canillitas “La Protesta” y “Bandera Roja” que salió en esos momentos de angustia y dolor. Al regreso de la necrópolis hubo que hacerlo a pie y en nuestra Peregrinación, encontramos tranvías dados vuelta y varios camiones formando barricadas. Las armerías eran asaltadas para munirse el pueblo de armas y poder defenderse.
El día 8 fue un día de grandes acontecimientos. En el Puerto hubo muchos encuentros con la policía, que tenía orden de tirar a matar y así lo hacía. En la Federación Marítima, cuyo secretario era Francisco García, se produjeron muchos choques. El local estaba siempre lleno de gente y entraban y salían los trabajadores; de vez en cuando se veía recorriendo el Puerto algún camión repleto de gente con un banderín rojo al que la policía no se atrevía enfrentar.
El día 9 corrían los rumores de que a raíz de como se desarrollaban los acontecimientos, el gobierno, con el Presidente Irigoyen a la cabeza, ponían en tela de juicio, la lealtad de las fuerzas armadas y la de la policía, comentándose que no actuaban con la eficacia debida, pues de lo contrario la rebelión del pueblo y la huelga general ya tenía que haber terminado. Fue así que el general Dellepiane, por orden del gobierno de Irigoyen, asumió la jefatura de la Policía y se dispuso a ahogar en sangre un movimiento de protesta y una huelga general declarada con toda justicia.
La represión por ese movimiento fue muy grande; se calculan en 55.000 los obreros presos y prontuariados, y muchos fueron deportados. De los muertos y desaparecidos nunca pudo saberse la cifra exacta, pero fueron muchos cientos los acribillados por las balas policiales y muchos los heridos y contusos. También la policía llevó su parte. Muchos de ellos perdieron la vida y altos jefes que dirigían los ataques contra el pueblo quedaron en el lugar del ataque, porque en los encuentros que se produjeron los obreros se defendieron y fueron varias las comisarías asaltadas con pérdidas de ambas partes. Todo eso no interrumpió por un solo instante, el ardor y el entusiasmo de los cuadros sindicales y la actividad de los anarquistas en los gremios y centros culturales.
Yo, como es de suponer, tuve que desaparecer de los lugares acostumbrados, pero como en todas partes había algo que hacer no me faltaba trabajo. Los amigos y compañeros se encargaron de mudarme de casa porque yo no podía hacerlo, ya que había un policía en la puerta y habían allanado mi domicilio.
