Los Trabajadores de las Telecomunicaciones de la FORA, venimos discutiendo el panorama crítico y complejo sobre el devenir del sector tecnológico en la Argentina y su creciente vinculación con los intereses geopolíticos globales. No se trata de un mero cambio de manos entre empresas, sino de una reconfiguración estratégica que redefine quienes detentan el poder de la información, la conectividad y, en última instancia, la soberanía digital de nuestra región.
Para comprender el estado de la cuestión, hay que remontarse a los orígenes del Grupo Clarín. Lo que comenzó como la adquisición de un diario y la incursión en el negocio del papel prensa, al ingresar al negocio de la TV por cable y las radios fue creciendo y concentrando como pulpo los medios televisivos y radiales del interior del país erigiéndose como dueño y señor de todo el negocio del cable gracias a los favores prestados por el menemismo primero con Canal 13 y Radio Mitre, al Kirchnerismo después permitiéndoles monopolizar el cable al comprar a su competidor Cablevisión y en su tercer mandato permitiéndoles ingresar a la telefonía móvil comprando Nextel y con el Macrismo aprobándole la compra de Telecom.
Esa lógica expansiva ha culminado hace apenas unos meses con un hecho sin precedentes: la absorción de su principal competidor en el mercado de telefonía móvil, fija e internet. Hablamos, sin eufemismos, de la compra de Telefónica por parte de Telecom, operación que consolida un monopolio de facto bajo el paraguas del conglomerado de Clarín, transformándolo en un despliegue sistemático de poder mediático y de infraestructura.
Este proceso, sin embargo, no puede leerse al margen de su contexto político. Asistimos a un teatro bizarro en el que el gobierno de turno simuló un rol de contraparte negociadora. Lejos de cualquier postura firme que defendiera la competencia o “los intereses del Estado”, el oficialismo terminó bajándose los pantalones, entregando migajas simbólicas mientras se jactaba mediáticamente de una dureza inexistente. Esas concesiones —tanto en materia de abonados fijos, como de líneas móviles o espectro radioeléctrico— son apenas perdidas moderadas que no afectan en lo más mínimo la intención central del grupo: monopolizar el ecosistema de las telecomunicaciones y controlar el flujo de datos de millones de argentinos y argentinas.
No obstante, esta vez queremos poner el foco en una dimensión aún más global y perturbadora. Porque la pregunta que atraviesa esta concentración no es únicamente quién es el dueño formal del monopolio, sino a quién servirá realmente esa infraestructura estratégica. Y todas las señales apuntan a un nombre propio: el magnate tecnológico Peter Thiel, quien desembarco en la liberal argentina actual y mantiene reuniones con el gobierno de turno con la mirada fija en la región.
Thiel no es un inversor menor, es el empresario que cofundó PayPal junto a Elon Musk, y cuya fortuna de origen —al igual que el de su socio— está íntimamente ligada a la explotación minera en Sudáfrica durante el apartheid, un vínculo incómodo que ambos prefieren ocultar pero que marca su concepción del mundo, la acumulación sin límites, la especulación y la desposesión como método. Fue uno de los primeros inversores en Facebook, y desde allí dio el salto hacia el desarrollo de software de inteligencia artificial y vigilancia masiva, herramientas que terminaron siendo utilizadas por agencias de inteligencia de Estados Unidos como la CIA y el FBI, así como por servicios de espionaje europeos. Su capacidad de influencia ya no se mide en millones, sino en la potencia de fuego tecnológica que supera a la de la mayoría de los Estados nacionales del mundo. Con el control de datos, algoritmos predictivos y plataformas de análisis masivo, Thiel ha demostrado que puede condicionar procesos políticos, económicos y sociales a escala planetaria.
Ahora, su estrategia en América Latina es clara, necesita de dos insumos clave para desplegar su poder. El primero es la energía, como recurso físico para alimentar sus centros de datos y su infraestructura de cómputos. El segundo es la estructura de telecomunicaciones ya consolidada —como la que Telecom acaba de monopolizar—, que le permitirá el acceso directo a los cables, antenas, nodos y espectro que canalizan la vida digital de toda una nación. Una vez que tenga eso, Thiel se encarga del resto: extraer millonadas en ganancias, espiar en masa, manipular información y modificar las reglas del juego institucional a su antojo y semejanza.
Frente a este escenario, desde la FORA advertimos que no estamos ante una simple operación corporativa, sino ante una avanzada del capitalismo de plataformas en su fase más autoritaria. La entrega de infraestructura crítica y su concentración monopólica no es un simple acto de mercado de compra y venta, es un acto de rendición soberana de los recursos que hoy el nuevo capitalismo de datos necesita y está dispuesto a conseguir a cualquier precio.
Nos debemos grandes debates acerca del presente y futuro en materia tecnológica, que rol les queda a los trabajadores ante el avance de la Inteligencia Artificial, ¿Se puede considerar que es una herramienta o el reemplazo de la clase trabajadora? ¿Qué pasa con la propiedad de nuestros datos? Personales, geolocalización, datos biométricos, de gustos, preferencias, etc., que son constantemente comercializados y sustentan esta economía digital. Un mundo financiero virtual que nos venden que alcanza para mover “la maquinaria” y que sigue una constante deshumanizadora, donde cada día se nota más que al sistema le sobra gente y le alcanza con algoritmos para producir lo innecesario para sembrar, regar y cosechar. Y por último un algoritmo para poder controlarnos.
Por eso, creemos necesario entrar al debate sobre la propiedad de los servicios de comunicación que hoy son estratégicos, el control democrático de los datos y la defensa de los trabajadores y trabajadoras frente a una lógica que nos reduce a meros consumidores y objetos de vigilancia.
La batalla por las telecomunicaciones es también la batalla por el futuro de nuestro pueblo.
