Lo popular se encarna en la piel del pueblo cuando es azotada por la pobreza y por la escasa posibilidad de aspirar a una vida digna. En los países donde imperan la sumisión y el cansancio feroz de no poder acceder a las condiciones básicas de existencia, los espacios de refugio y contención suelen ser aquellos de dispersión social con tradición popular.
No es casual que en los países más oprimidos por las potencias imperialistas —muchos de ellos con raíces africanas o latinoamericanas— la preservación de las tradiciones se convierte en un lugar de resistencia ante los tiempos de batalla cultural. En épocas de pulverización económica para la clase trabajadora y de avance de la derecha, los espacios de tradición popular aparecen como una salida “revolucionaria”, como trincheras simbólicas donde el pueblo se reconoce y se fortalece.
Son momentos incómodos para quienes llaman a pensar en el pueblo oprimido del mundo. Los sentimientos patrióticos se entrelazan con los culturales y se convierten en campo de disputa. Los barrios proclaman al país y a sus tradiciones cotidianas como una sola pelea. No tardan entonces las pirañas socialdemócratas en levantar consignas de soberanía, patria y felicidad, intentando capitalizar ese malestar.
Los espacios culturales se agrandan cuando falta el dinero. Los discursos fascistas obligan a reabrir discusiones que parecían saldadas. ¿Son las tradiciones populares necesariamente nacionalistas? Es un debate latente, aunque doloroso de dar en tiempos de resistencia. Está de moda hablar de “batalla cultural”: hay que darla, sostenerla y hasta disfrutarla. Pero quizás debamos problematizar también la idea de “campo nacional y popular”. El movimiento nacionalista más grande de la Argentina en los últimos años ha enfatizado lo “nacional” y ha tensionado el concepto de lo “popular”; esto no es ingenuo.
Nuestras intenciones de transformación revolucionaria están profundamente ligadas a conservar y profundizar la vida en comunidad, a vivirla con los disfrutes culturales de nuestra tierra, sin importar el espacio geográfico en el que nacimos. Se trata de valorar nuestro jolgorio y nuestros sentimientos de unión cultural. No creemos en las nacionalidades como frontera identitaria, porque suelen ser antes que nada una disputa monetaria que poco tiene que ver con nuestros disfrutes y que, con frecuencia, nos encarna dolor y penurias. Tampoco nuestra cultura deba ser mercantilizada, volviéndose inaccesible para pueblo o ser utilizada políticamente para revitalizar estructuras de poder.
Los partidos intentan imponernos direcciones: “si tu cultura es esta, entonces políticamente sos esto”. Pero nuestra cultura va mucho más allá de las representaciones patrióticas o nacionalistas. Cultura no es sinónimo de nación, aunque toda cultura dialogue con una historia y una identidad comunal que la atraviesa.
En tiempos de crisis, la reapropiación cultural es reafirmación de identidad comunitaria. Es defensa de la comunidad a la que se pertenece. Y no hay mayor expresión de libertad que defender la cultura propia desde una práctica libre, sin ataduras a nacionalidades ni a estructuras partidarias, fomentando lo autogestivo/comunitario y gratuito.
