LA IGUALDAD, PONGO POR CASO…

Son muy pocas las razones que nos ofrece esta vida, que puedan determinarnos creyentes de otra mejor, más de acuerdo con los postulados del anarquismo. Donde miremos, lo que triunfa es el engaño, la fuerza bruta, y lo que padece siempre es la verdad, el espíritu de justicia. No precisan grandes sumas de experiencia, ni muchos libros, para probarnos todo esto los escépticos.

Con que nos saquen al sol cualquiera de nuestras debilidades, nos han vencido.

Mas predicar no es dar trigo. Y si lo que se predica es el descorazonamiento, la involuntad creadora, entonces es dar cizaña, más vale. Y cuanto más y mejor nos rindan con esas armas, menos debemos reconocerles el triunfo. Porque éstos sólo los deben a nuestra debilidad; y son tan fáciles.

Fácil es, ¡oh, ya lo creo!, crearle obstáculos al hombre,. Ellos existen de a miles, donde se mire, y no hay más que revelárselos, pegarle con ellos en los nudillos, para que suelte su pluma o su hacha de obrero de los ideales. Un poco de genio oblicuo y voluntad atrabiliaria bastan.

Lo difícil es lo otro: ponerle fe de combate en las entrañas, audacia bajo del cráneo y canciones de victoria en la boca. Mas para esto, que es ahora, en este ambiente, como amarse en una tumba, se precisa cierta dosis de un optimismo ancestral, capaz de extraer razones de vida, jugos, hasta de las piedras. Y volverlos hechos flores, frutos nutricios, al hombre.

Es claro que nada, absolutamente, justifica nuestro ideal de igualdad, pongo por caso. Todo es burgués, privilegiado, y lo niega hoy. Y a poco esfuerzo que se haga, nos probará, el menos leído, que no tiene precedentes en la tierra ni en el cielo; que el sentido de la historia le es contrario…

Más predicar no es dar trigo. Y lo sólo que a nosotros nos corrobora anarquistas, es lo que damos de nosotros mismos, aquello por lo que hacemos vivo el ideal, latente su aspiración, tensa su voluntad engendradora. Por lo que hacemos cada día más compañeros, más iguales unos a otros los hombres.

Todo nos niega, según los libros que leen los que tanto saben. Pero es que ellos leen tan sólo letras burguesas, con ojos aburguesados y tácitos. Por eso…

Otros libros y otros ojos se precisan para leer anarquismo. Y otros valores también, más altos que esos con que nos aburren, hasta rendirnos, los eruditos.

El valor de la igualdad, pongo por caso, que no lo posee ninguno de cuantos por ahí lo niegan.

Rodolfo González Pacheco  “Carteles”

EL SEGUNDO DÍA

Ya sabemos que no es en “la realidad” que nos pondremos de acuerdo. Su interpretación no es sólo cuestión de ciencia o conciencia; también es de sensibilidad y temperamento. La armonía es imposible. Ni interesa.

Y, sin embargo, algo había antes que nos igualaba a todos, siquiera fuera en la angustia: “El segundo día…”   Abatido hoy el Estado, ¿cómo organizar mañana todo el complejo social? No solamente el trabajo y el reparto. El burgués ha creado vicios, comodidades la técnica, el arte, o lo que así llaman, ocios, grotescos o cursis, pero, sin duda, habituales. Tras nuestra victoria física, queda aún a ganar la otra, en las costumbres impuestas por tiranos y parásitos durante siglos. La dictadura soluciona esto muy fácil. ¿Pero, nosotros, los libertarios?…

Y ante el problema tremendo los más enhiestos lirismos se desplomaban, laxos. Ni condenados a muerte agonizábamos tanto como frente a este enigma de la vida. Todos. Siempre.

— ¡Guarda, mañana! Que si la gente, a más de mal comer y morir, también carece de sus placeres más ínfimos, la contrarrevolución hará pie en sus desencantos. Ni precisará pelear; le bastará señalarnos en nuestra incapacidad. Con este ejemplo a la vista, como en un caldo, proliferarán los gérmenes de nuestro desastre y muerte; que será peor que en el fuego o en la horca; de vergüenza, en el ridículo. ¡Sencillamente angustiante!

Y bueno. “El segundo día’’, en España, el pueblo tenia resuelto el tercero y el cuarto; toda la vida. Sin patronos ni gobierno, volvió al trabajo, organizó el intercambio, vertió comedias y dramas y envió sus criaturitas a las escuelas. No paró un solo momento, que no fuera para limpiarse de frailes, militares y burgueses, ni sus labores ni sus goces, ni lo tierno ni lo grave. Con el destino en sus manos, creció la responsabilidad del labriego y el obrero, el técnico y el artista. ¡Sencillamente admirable! 

Ya sabemos que no es en “la realidad” que nos pondremos de acuerdo. Ni interesa. Pero, al menos, como ayer para angustiarnos, reconozcamos ahora, para gozarla, esta revelación de la vida: no es por el proletariado que ha de quedar a la mitad del camino la revolución social. No es un problema mañana. “El segundo día” no es tan tremendo.

Rodolfo González Pacheco  “Carteles de España”

POLÍTICA

¿Era una fatalidad la lucha entre las fracciones por “el copo de las masas”? Lo que se llama fatal ¿no es la carátula trágica bajo la que ríe el caudillo? ¿Quiénes desatan y explotan tal fatalismo? ¿El pueblo que, fatalmente, sufre y muere en la pelea, o los que, en las retaguardias, viven y operan con vistas a las ventajas, suyas o de sus partidos?

Tras el golpe que aplastó, no sólo a los militares, a los burgueses también, el proletariado ibérico volvió, una parte al trabajo, mientras la otra defendía y ensanchaba el área de sus con- quistas. La revolución vivía desde el fondo de las almas hasta la boca y la punta de las herramientas y de los rifles. Honda, ceñida, vibrante, expresaba la alta tónica y la corajuda mística de una mayoría resuelta a todos los sacrificios para llevar adelante su primer triunfo. Así la vio y la sintió el mundo asombrado. Así era.

¿Quién, o quiénes, sobre el Estado vencido, cavilaban el botín de jefaturas? El pueblo no. Los políticos. Al margen de la generosidad pululante preparaban el asalto al Poder vacío de je- fes. No eran obreros ni revolucionarios; eran parásitos, y querían ser amos.

No es gran éxito lograrlo en una revolución. No acredita ni de genio ni de héroe. Eso es lo que está vacante; que abandonan en su fuga de gallinas, los burgueses, cuando ven venir las águilas proletarias. Pero, ¿a quién sirve? ¿Qué monta? ¿Vale la pena frenar el hecho insurreccional para despojar a aquellos de lo apropiado… y apropiárnoslo nosotros? ¡No! Si la revolución ahonda su cauce vivo, todas estas porquerías serán barridas. No son fatales.

Fatal ha sido otra cosa: que en vez de seguir al pueblo, orientándolo en sus luchas, nos volviéramos a dividir posiciones de gobierno. Fatal que en eso estemos aun. Fatal para nuestra fuerza y el decoro de nuestra alma. Fatal que politiqueemos, porque seremos vencidos, fatal- mente… Y ésta es la única fatalidad que nos parece muy bien: ¡Que en política nos venzan!

Rodolfo González Pacheco  “Carteles de España”

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Categoría: Historia