Anarquismo en el movimiento obrero

La historia de la Internacional nos muestra la influencia de la idea en los hechos. 
Errico Malatesta [1]

El hombre lucha más inspirado en lo que piensa que en lo que siente.
Emilio López Arango [2]

La tensión entre sindicalismo y anarquismo tiene su historia y en ella tiene su actualidad. De alguna manera es una de las múltiples instancias de la eterna lucha entre la idea y la materia, el huevo y la gallina de los asuntos filosóficos.

Tengo que hacer un “disclaimer”, una renuncia de responsabilidad. Atento al espanto que a veces produce la filosofía en los asuntos sindicales, ruego se me permitan dos breves párrafos para justificarme.

Normalmente se marca el nacimiento de la filosofía en los textos de Platón y en la actividad de Sócrates retratada por él. Lo que hay detrás de aquél gesto fundacional es la búsqueda de un sustrato en el que se pueda sostener un proyecto político que no dependa de la opinión interesada, sino que se explique como consecuencia de un principio universal. La causa platónica es la causa del saber en contra de la opinión para hallar las condiciones de una buena sociedad.

La palabra política aquí no significa necesariamente gobierno, poder, especulación, representación o todas esas malas yerbas, sino el pensamiento del bien común. Lo político es, en su sentido más antiguo y más literal, el pensamiento de la vida de muchos, o al menos de varios, lo que deviene en lo que luego se suele traducir como la “ciudad-estado”, pero que podríamos traducir también como comunidad. Es en ese sentido en el que podemos reivindicar una filosofía que sea básicamente una vía racional para abordar un pensamiento que nos permita arrimarnos a una idea del bien sobre la cual componer la imagen de una buena sociedad. Los griegos a la imagen la llamaban idea.

Las palabras no son inocentes. Arrastran sentidos aunque no lo queramos. Por eso es que a veces detenernos en ellas para aclarar sentidos es un esfuerzo necesario. 

El entendimiento de la política como un pensamiento orientado al hallazgo de las condiciones de una buena sociedad no existe ya casi en ninguna parte. En la tradición anarquista la palabra política tiene un sentido peyorativo completamente justificado y vinculado a lo que se hizo en su nombre. Habrá que ver, en todo caso, si lo que da sentido a una palabra es lo que se puede comprender en ella o lo que se ha hecho con ella. Pero lo cierto es que la mala fama de la política está por completo justificada.

Sin embargo la cuestión social implica cuestiones universales que trascienden la experiencia inmediata. Cuando se reprocha la miseria popular causada por la avaricia de los dueños de todo, se lo hace exigiendo justicia. El reproche no está basado en el padecimiento del pobre sino en la responsabilidad del rico. Por eso es un reproche y no un lamento.

Que el rico sea responsable del padecimiento del pobre justifica el enojo del pobre contra el rico. Pero eso no basta para transformar la sociedad porque el pobre podría volverse rico y el rico volverse pobre, y con eso habría cambiando tan sólo la suerte de cada quien, pero el reproche podría con justicia volver a comenzar. La única manera de que la situación termine es modificando la raíz del asunto, la causa profunda de esa desigualdad. Es entonces cuando el reproche se convierte en un reclamo de justicia.

Terminar con la desigualdad entre ricos y pobres es un desafío distinto que obtener para los pobres alguna atenuación de su padecimiento. Se trata de una lucha por hacer una sociedad justa y no solamente una lucha por obtener de la injusticia alguna clase de beneficio, o alguna reducción del maleficio.

La cuestión social gira en torno al desafío de crear una sociedad buena, es decir, justa. Y una sociedad justa es una sociedad igualitaria, una en la que nadie tenga privilegios sobre el resto. Por eso la más genuina lucha de los desposeídos inicia en la rebelión contra un padecimiento pero avanza hacia la transformación radical de las condiciones actuales con miras a una sociedad sin privilegios.

El movimiento obrero nace de la rebelión de los trabajadores contra las malas condiciones de vida y de trabajo. Pero en el seno de este conflicto toma cuerpo un pensamiento que va más allá de la particularidad de los reclamos inmediatos y adquiere un sentido trascendente. En el contexto de la lucha por los intereses de la clase obrera se advierte que el más trascendente de estos intereses es abolir las condiciones de la desigualdad. De lo contrario lo ganado en mil jornadas de lucha se pierde en un cierre de planta o en un pase de magia de los economistas.

Si, por el contrario, la lucha obrera se quedase en la reivindicación circunstancial de la jornada y del salario, obraría en favor de un sistema que usa el esfuerzo colectivo de la clase obrera para financiar el privilegio de la clase propietaria. Pondría cierto límite al despojo, pero ese límite no es otro que aquél en el que la maquinaria de la expoliación todavía funcione.

De modo que hay un primer argumento de la lucha obrera que es económico, en el sentido en que pretende modificar el balance de costo-beneficio de las relaciones de producción y consumo, y un segundo argumento que es político, en el sentido en que pretende modificar la forma en la que se organiza la sociedad y, en ella, la producción económica.

Esta dualidad estuvo presente en el movimiento obrero desde sus inicios. Habitualmente quienes hablan de política hablan, en rigor, de representación; hablan de poner a la organización obrera al servicio de una causa trascendente conducida por camarillas dirigenciales que obran en su nombre. Pero veremos que siempre hubo quienes hablaron de política en un sentido más amplio cuando fuera necesario, a pesar de defender posiciones radicalmente opuestas a “los políticos” del obrerismo.

La organización obrera, cuando es conducida por cualquier organización política, acaba siendo una herramienta al uso de sabiondos y de ventajeros. Y aún cuando esa conducción se realice por honestos militantes, comprometidos con la causa obrera, se invierte el orden de prioridades y se postergan las decisiones locales de los trabajadores, habitualmente orientadas en luchas inmediatas de carácter económico, en virtud de una centralidad política tomada en otra parte. Si lo que se busca es algo del orden de la emancipación del trabajo, el fracaso está garantizado. Esa emancipación comienza en la abolición de la subordinación que nos pone a los trabajadores por debajo de decisiones ajenas. Nuestra emancipación, está dicho, será obra de nosotros mismos.

Los grupos y partidos políticos han querido desde siempre controlar el activismo del movimiento obrero según sus propias aspiraciones. Unos dirán que para bien, otros que para mal. Todos se acusan entre sí de sacar provecho personal o político y de tener siempre segundas intenciones. Y es que siempre hubo y sigue habiendo segundas intenciones en quienes pretenden conducir a los trabajadores en una u otra dirección.

Más allá de la comodidad de ser gobernado, a nadie le gusta del todo que le digan para dónde ir y qué es lo que debe hacer, y, principalmente, a nadie le gusta descubrirse como peón de un ajedrez ajeno y ver que sus motivos y sus causas han sido destinados a estrategias que están por fuera de la propia decisión. Pero, aún más allá de gustos y disgustos, la igualdad desaparece en el instante en que unos son conducidos, dirigidos, gobernados por otros. Y esto es lo que vuelve injusta la conducción política.

Lamentablemente este asunto es transversal a las distintas tendencias políticas que se inyectaron en el movimiento obrero a través de la orientación de las organizaciones sindicales. También el anarquismo se tropieza con esa piedra maldita cuando separa innecesariamente la identidad del anarquismo de la organización sindical. Esto tiene su razón de ser y tiene también su historia, y es en vistas de esa historia que deberíamos poder replantear el asunto sin temor a resucitar fantasmas o retomar discusiones aparentemente saldadas. «¿Por qué ocultar ciertas verdades, ahora que están en el ámbito de la historia y pueden ser una lección para el presente y el futuro?» [3], decía Malatesta.

Errico Malatesta fue una de las personalidades más trascendentes del anarquismo a nivel global. Formó parte de la sección italiana de la Primera Internacional [4], la organización matriz del movimiento obrero y del internacionalismo proletario. En un artículo de 1914 hacía una autocrítica respecto de la forma en la que se había dado la relación entre anarquistas y trabajadores en aquella organización, y llegaba a una conclusión. En relación a las definiciones ideológicas de la internacional decía:

«El impulso espontáneo de la masa obrera tuvo poco o nada que ver, y fue, por el contrario, un pequeño grupo de pensadores y luchadores el que propuso, discutió, aceptó determinadas soluciones al problema social, y luego las propagó e hizo que fueran aceptadas por la masa de internacionalistas. Y lo que, más que nada, causó la muerte de la Internacional fue que la minoría iniciadora y dirigente descuidó demasiado a la masa y no supo separar las funciones del partido de las propias del movimiento obrero.» [5]

El diagnóstico es tan impactante como su conclusión. La separación de aquél «pequeño grupo de pensadores» respecto de la «masa obrera», separación que había causado la «muerte de la internacional», quizás no había sido, en la reflexión de Malatesta, suficiente. Esta experiencia le sirvió a Malatesta para concluir más adelante que la estrategia sindical del anarquismo era intervenir políticamente en organizaciones de clase, es decir, que no tuvieran en sí mismas ninguna definición política. En un artículo de 1925, cuya traducción al castellano se publicó en el periódico anarquista La Protesta, decía lo siguiente:

«El sindicalismo (me refiero al «sindicalismo práctico» y no al «sindicalismo teórico», del que cada uno tiene una concepción distinta) es reformista por su misma naturaleza. […] Toda fusión o confusión entre el movimiento anarquista y revolucionario y el movimiento sindicalista resulta en volver impotente al sindicato para su finalidad específica, o en atenuar, falsear y aniquilar el espíritu del anarquismo.» [6]

Esta perspectiva de la relación entre el sindicalismo y el anarquismo tuvo una contraposición expresada por Emilio López Arango, obrero panadero y director del periódico La Protesta por aquellos tiempos. Dos semanas después, Arango escribe:

«Podrá alegar Malatesta, y con él todos los defensores del anarquismo político — de las organizaciones específicas, al margen del movimiento obrero y en oposición a los partidos electorales— que la aceptación del rótulo anarquista en los sindicatos supone el embanderamiento en una tendencia exclusivista y que por ser tal rechaza a los que previamente no acaten su programa. Pero esa imposición, que por otra parte se manifiesta en todos los órdenes de la actividad humana, a pesar de nuestras prédicas libertarias, no ejerce en el movimiento obrero funciones violentas. Nosotros no forzamos a los obreros de un oficio o de una industria, por el hecho de tener idénticos intereses como asalariados, a plegarse a nuestras organizaciones. Preferimos prescindir del vínculo de clase para unir a los trabajadores de acuerdo con sus ideas. De ahí que propiciemos la división de las corporaciones improvisadas sobre bases económicas y sometidas a una rígida disciplina, organizando en su lugar tantos movimientos obreros como tendencias dividen al proletariado.» [7]

Si la línea de Malatesta escinde al sindicato de su conducción política, reservada para una minoría esclarecida y dirigente, la oposición de Arango integra al sindicato en agrupaciones políticas anarquistas.

Estas dos posiciones expresan muy claramente la principal dificultad que se presenta a la hora de concebir un movimiento obrero que tenga la potencia de resistir los avances de la expoliación capitalista y, al mismo tiempo, encaminarse hacia una transformación radical, revolucionaria, es decir, emancipativa.

Lo que está claro es que hay problemas actuales que no inventamos nosotros y que, en muchas ocasiones, hay notas de la situación actual que hablan del éxito o del fracaso de los intentos anteriores de abordar las mismas cuestiones. Pero simplificar la complejidad de la historia sería un grave error. Por eso es que lo que importa en estas referencias no es establecer quién ha tenido razón sino traer de la experiencia común dos perspectivas que intentaron abordar asuntos que continúan siendo importantes. 

Actualmente el movimiento obrero está prácticamente diezmado. La actividad sindical está completamente subordinada a los intereses políticos de los sectores dirigentes. La función tutelar del Estado parece estar fuera de toda discusión y prácticamente no existe continuidad histórica con quienes le han dado al movimiento obrero su verdadero espesor social. En este contexto resulta urgente consolidar las ideas sobre las que debe proyectarse una reconstrucción de las organizaciones de los trabajadores con miras a superar semejante situación.

Lo que encontramos en la polémica entre Arango y Malatesta es una visión de un anarquismo que surge de un sector social diferenciado del movimiento obrero y que busca estrategias para insertarse en él. Malatesta propone, a grandes rasgos, la táctica que el mismo Bakunin desplegó en la primera internacional y que consiste en crear organizaciones específicamente anarquistas que intervengan en el seno de las organizaciones de clase, ideológicamente neutrales, de la misma forma que se activaría en cualquier otro campo. Arango contrapone la creación de organizaciones obreras ideológicamente definidas, “rotuladas” como anarquistas, y que den la pelea ideológica al interior del movimiento creando sus propios sindicatos. Esto significa, en definitiva, crear organizaciones obreras específicamente anarquistas.

El dilema es más complejo de lo que pudiera parecer. Si una organización de tipo económico que aglutina trabajadores renuncia a cualquier carácter político, pierde la capacidad de eliminar las causas de fondo de las condiciones por las cuales pelea. Pero si define su especificidad política por encima de la condición económica, subordina los intereses obreros a los intereses políticos de las dirigencias vanguardistas. Y eso, desde la perspectiva del movimiento obrero, es poner el carro delante de los caballos.

Planteado de esta manera, las organizaciones del movimiento obrero parecieran debatirse entre estar subordinadas a una organización política que las controle, o convertirse abiertamente en una de ellas.

En la historia de la FORA estas tensiones fueron sumamente importantes. Desde un comienzo las disputas entre socialistas y anarquistas interpelaron al activismo y se expresaron en distintas y antagónicas estrategias para encaminar la lucha obrera. Esto culminó en el V* congreso cuando se determinó una finalidad revolucionaria y se recomendó en su interior la propaganda del comunismo anárquico. En los hechos, estos elementos son la expresión de una identificación de la organización con el anarquismo, pero con la particularidad de no definirse como una organización específica.

El debate de Arango con Malatesta se da 20 años después de aquél congreso, en el seno de una organización pujante que discutía la unificación del movimiento obrero bajo una única organización clasista. Dos años después, en 1927, en un certamen internacional celebrando los 30 años de la fundación del periódico anarquista La Protesta, Arango publica un artículo, Doctrina y táctica [8], del que me permito extraer los siguientes párrafos que son por demás significativos:

«No hay nada más opuesto a la realidad del movimiento obrero revolucionario, que la teoría unitaria. Si el concepto de la unidad obrera expresa amalgama de hombres ligados por necesidades y por un precario instinto de defensa, la posibilidad de ese hecho estaría en la dependencia de cada individuo a un interés común prevalente a las pasiones y egoísmos particulares. […]

Para el socialismo de Estado ese concepto importa una confirmación del materialismo histórico. Si el individuo es el resultado del medio social en que vive, y sus ideas y su voluntad no obran como determinantes del progreso humano, claro está que se admita que sean las contingencias económicas las que obren sobre las facultades del movimiento del hombre, las que serían siempre inconscientes, producidas por causas ignoradas… 

No nos convence esa metafísica materialista. ¿Qué valor tiene para la marcha del mundo ese impulso puramente instintivo, biológico, que sería el único determinante de la organización obrera? El hombre lucha por el pan. Por la satisfacción de sus necesidades; pero en esa lucha hay casi siempre un impulso altruista: el deseo de asegurar el pan para todos los hombres. He ahí explicado el móvil de la rebeldía que va más allá de las necesidades perentorias y de las divisiones clasistas. 

En consecuencia, constatamos que la política de la unidad obrera —esencia del clasismo— oculta propósitos de predominio y de subordinación del movimiento obrero a la autoridad de los jefes políticos que actúan en la esfera del sindicato. 

[…] ¿Qué quieren, pues, los defensores de la unidad de clases? Una sola cosa: dirigir desde adentro o desde afuera al movimiento obrero.»

Y un poco más arriba, decía:

«No concebimos ese anarquismo que quiere ser histórico y científico y que tan sólo se diferencia de las teorías marxistas por su oposición al Estado en lo que representa como entidad política. La teoría del sindicalismo apolítico no expresa con suficiente claridad los objetivos de una revolución social. Quiere esto decir, que se puede combatir al Estado histórico, oponerse a la propaganda reformista de los social-demócratas, negar la eficacia de las leyes y hasta llevar la crítica demoledora al parlamento, sin que esa acción subversiva suponga necesariamente un ataque a fondo al sistema capitalista. Si políticamente negamos la eficacia de las tácticas marxistas, pero en el terreno económico coincidimos con esas tácticas esto es, —aceptamos del marxismo la llamada ciencia histórica: la fatalidad del desarrollo del capitalismo en un sentido unilateral—, ¿cómo podemos elaborar un movimiento revolucionario capaz de libertarse del círculo vicioso en que giran actualmente todos los partidos obreros? Y si el proletariado es sólo el resultado de un proceso social que se opera sin su intervención […], ¿en qué forma podrán los anarquistas romper el cordón umbilical que ata a la clase trabajadora al vientre de la burguesía?» [9]

En estos fragmentos Arango expone la importancia de una divergencia filosófica de la cual se deducen consecuencias políticas y económicas que organizan el fondo de la discusión. Arango no es ni ingenuo ni tampoco inocente: enfrenta las corrientes autoritarias dentro del movimiento obrero, y lo hace señalando su fondo filosófico porque advierte que es el núcleo de sentido desde el cual es posible identificar ese autoritarismo en sus distintas expresiones, y no únicamente en su versión abiertamente marxista.

En este camino podríamos nosotros suponer que Malatesta estaría de acuerdo. Ninguno defendía el materialismo histórico con el cual se suponía que las condiciones económicas serían por sí mismas suficientes para dar lugar a la revolución social. En 1914 Malatesta decía:

«Queremos por medio de la acción consciente dar al movimiento obrero la dirección que nos parece mejor, contra los que creen en los milagros del automatismo y en las virtudes innatas de las masas obreras.» [10]

La rebelión no se explica con el padecimiento, sino que es necesaria una subjetividad rebelde que no se deduce inmediatamente de la condición de oprimido. Hay algo del orden de la voluntad que no se explica en sí misma como materialmente determinada, sino que es ella, en última instancia, la que determina la acción revolucionaria. En palabras del propio Malatesta [11]:

«El fin de la investigación científica es estudiar la naturaleza, […] es decir, las condiciones en las cuales el hecho ocurre necesariamente. […] El azar, el arbitrio, el capricho, son conceptos extraños a la ciencia, la cual investiga lo que es fatal, lo que no puede ser de otra manera, lo que es necesario. 

Esta necesidad […] ¿abarca todo lo que ocurre en el Universo, incluidos los hechos psíquicos y sociales? 

Los mecanicistas dicen que sí […] Nuestra vida y la de las sociedades humanas estaría totalmente predestinada y sería previsible […] y nuestra voluntad sería una simple ilusión como la de la piedra de la que habla Spinoza, que al caer tuviese conciencia de su caída y creyese que cae porque ella quiere caer. 

Admitido esto […] se vuelve absurdo querer regular la propia vida, […] reformar en un sentido u otro la organización social. […]

Para que los hombres tengan fe, o por lo menos esperanza de poder hacer una tarea útil, es necesario admitir una fuerza creadora, una causa primera, o causas primeras, independientes del mundo físico de las leyes mecánicas, y esta fuerza es lo que llamamos voluntad.»

Sintetizando: 

«Lo que sostengo es que la existencia de una voluntad capaz de producir efectos nuevos, independientes de las leyes mecánicas de la naturaleza, es un presupuesto necesario para quien sostenga la posibilidad de reformar la sociedad»

Es claro que ambos pensadores coinciden en cuestionar vivamente la tesis determinista que hace deducir de la evolución material del sistema productivo las tendencias ideológicas de los trabajadores en la configuración de una conciencia de clase. La clase obrera no tiene intereses homogéneos, históricamente determinados, sino que está dividida por tendencias ideológicas de la misma forma que cualquier otro grupo social. No es que no tenga intereses comunes, sino que estos no bastan para deducir una concepción de la justicia en el orden social. La voluntad, en cambio, forjada en las ideas y en una condición moral, es indeterminada y ello explica la necesidad de dar una disputa ideológica al interior del movimiento obrero. Éste es el verdadero motor de la acción humana. Lo que Malatesta y Arango discuten es cuál es la táctica con la cual se espera multiplicar la idea revolucionaria en la “masa trabajadora”.

El anarquismo es considerado, tanto por Arango como por Malatesta como por todos los propagandistas anarquistas, en líneas generales, como una suerte de elevación moral cuya integridad y pureza es preciso defender de las desviaciones mundanas. Pero si la aspiración del anarquismo fuera propiamente la elevación moral de la humanidad el camino no podría ser nunca revolucionario, sino exclusivamente propagandístico al modo de los predicadores, o imperativo al uso del inquisidor.

La historia de la humanidad está repleta de tensiones entre ideas puras y desviaciones, y la pureza de las ideas, incluso cuando han sido defendidas con alguna clase de exageración ortodoxa, ha servido siempre como tensor para que los pragmatismos de la conservación no acaben convirtiendo todas las luchas en resignaciones complacientes. Cambiar el mundo no es asunto de tibiezas, y la radicalidad ideológica requiere en muchas ocasiones cierta rigidez conceptual. Pero, al mismo tiempo, la idea de una trascendencia ideológica que justifique la separación de dirigentes y dirigidos en virtud de una suerte de iluminación racional, moral o religiosa, acaba siempre en la repetición de la desigualdad cuya injusticia ha sido históricamente denunciada y combatida por el anarquismo. Con esto estoy diciendo que para el anarquismo la ortodoxia es su propio veneno.

El dilema de hallar la forma correcta de ligar los principios políticos del anarquismo con la organización obrera, es un falso dilema porque la emancipación, que es consustancial con el anarquismo, no puede nunca ser producto del adoctrinamiento ni de la enseñanza. El anarquismo, como cualquier otra ideología, es un objeto cultural dispuesto para quien quiera tomarlo. Los trabajadores no necesitamos ser instruidos por una «minoría iniciadora y dirigente», sino apropiarnos de lo acumulado y producir.

Lo que llamamos emancipación es el proceso por el cual quien estuviera subordinado ante las condiciones opresivas del control político o económico decide tomar la iniciativa y descomponer esos lazos de subordinación. No hay recetas ni estereotipos. No hay un estándar para la rebelión. Ése es posiblemente el principal obstáculo. Formados en la doctrina del empleo, mecanizados por la industria o domesticados por el mercado laboral, los trabajadores tendemos a desconfiar de nuestra propia inventiva. Estamos más bien acostumbrados a seguir la huella trazada del camino, y disponemos más del orgullo que de la iniciativa. Romper esta inercia es quizás el más grande desafío de la lucha obrera.

Las ideas para la emancipación solamente pueden ser las ideas del emancipado. Cada sociedad obrera, cada agrupación y cada sindicato, debe convertirse en una usina ideológica que apunte concienzudamente a la emancipación de la clase obrera en el camino recto que va desde la reivindicación de sus intereses materiales actuales hacia la abolición de las causas que los volverían eternos. Las ideas del anarquismo son las que nuestros compañeros nos han legado como un pañol del cual tomar las herramientas precisas para las acciones necesarias. Lo que falte hay que inventarlo.

Estas ideas no se reducen al imaginario finalista de la revolución social. El aporte del anarquismo al movimiento obrero está mucho más arraigado en la puesta en común de principios arcaicos como lo son la acción directa, la asamblea, la rotación de cargos, la abolición de privilegios y de personalismos, la descentralización de la toma de decisiones y la solidaridad entre compañeros. Todos estos elementos, cada uno por sí solo, son producto de la experiencia común desde la antigüedad y a través de los tiempos. Pero la articulación de todos ellos en un cuerpo de ideas consistente, sólidamente construido a partir de principios formales que los articulen, es lo que hace del anarquismo una ideología capaz de aportar herramientas teóricas y conceptuales al activismo obrero.

El otro camino, el de la aportación más o menos centralizada de ideas para el activismo, es un camino que no ha tenido los resultados esperados. Sea a partir de grupos de afinidad que conserven el fuego y lo repliquen en las organizaciones obreras, o sea a partir de organizaciones obreras compuestas por obreros anarquistas, la separación entre la composición material de las organizaciones de la clase obrera y su conformación ideológica está garantizada, y eso es lo que deberíamos evitar. 

Si bien el modelo de Arango nos resulta más propio, y no solamente por tradición, es cierto que, visto desde el siglo XXI, en retrospectiva pero también en prospectiva, muestra el límite que una visión doctrinaria del anarquismo alcanza prontamente. El movimiento obrero no debe acoplarse a la doctrina anarquista, sino el anarquismo servir como afluente ideológico para el movimiento obrero.

Actualmente no estamos debatiendo contra la tendencia unitaria del movimiento obrero ni contra el esquema centralista del industrialismo, sino contra la conciliación de clases asumida como un hecho natural y contra la manipulación política de las organizaciones obreras. El principal enemigo del movimiento obrero es su propia resignación ante el mundo capitalista y la falta de iniciativa para la creación de un proyecto común, lo cual se expresa en su tendencia a subordinarse ante las camarillas que “saben lo que hay que hacer”. Y esta doble resignación se encarna en organizaciones verticales que son dirigidas por cómplices del control político y económico de los trabajadores. El sindicalismo corporativo actualmente existente es un organismo de gobierno, una institución más del Estado.

El sindicalismo, no obstante, es la organización natural del movimiento obrero en un sistema capitalista, en la medida en que exprese la confluencia de los trabajadores en la solidaridad y en el proyecto común para enfrentar las injusticias del sistema económico. El anarquismo es un afluente indispensable para el sindicalismo tanto por sus aportes a las prácticas y a las formas institucionales de los sindicatos y sociedades obreras, como para la identificación de una finalidad social que implica la modificación profunda de las causas de la injusticia. Si la organización obrera pretende resolver verdaderamente las injusticias del capitalismo, no puede prescindir de una finalidad revolucionaria y de mecanismos orgánicos coherentes con ella. 

Por eso el carácter ideológico del movimiento obrero no puede concebirse a imagen y semejanza de un anarquismo de laboratorio, investigado por vanguardias capaces de adoctrinar a los trabajadores, sino que debe concebirse como el resultado de procesos ideológicos que activamente tengan lugar en las propias organizaciones. Quizás no haya que «confiar en la fuerza de las cosas», pero sí aceptar cierta distancia que la materialidad de las transformaciones concretas pueda tener respecto de un ideal que a fuerza de depuración y perfeccionismo acaba resultando imaginario, utópico. Y el problema de lo utópico, en este sentido, es que deviene identitario por ser relativo a quien compone la imagen, pierde universalidad, y en el afán moral de ser perfectamente fiel a la doctrina, resulta autoritario.

«El tema de la relación entre el movimiento obrero y los partidos progresivos es antiguo e interminable» Dice Malatesta. Arango, por su parte, sentencia: «El tema se presta a muchas otras consideraciones… Pero las dejaremos para mejor ocasión, puesto que este artículo se hace ya demasiado extenso.»

[1] Errico Malatesta, Hacia dónde se dirige el movimiento obrero – Publicado en LE RÉUEIL COMMUNISTE-ANARCHISTE — N° 379 Genève, 7 marzo 1914. Traducción directa del francés a partir del fascímil obtenido de https://archivesautonomies.org/IMG/pdf/anarchismes/avant-1914/ lereveil/1914/lra_1914_03_07.pdf
[2] Emilio López Arango, Doctrina y Táctica, folleto de Ediciones FORA. Tomado del semanario de La Protesta del 13 de Julio de 1925.
[3] Malatesta, Hacia dónde se dirige el movimiento obrero.
[4] La primera Internacional fue la organización madre del movimiento obrero moderno. Duró una década, fundada en 1864 y disuelta formalmente en 1876. Si bien fue una organización europea, por su carácter internacionalista y por la magnitud de su influencia, su trascendencia acabó siendo global y sigue siendo vigente.
[5] Malatesta, Hacia dónde se dirige el movimiento obrero. El resaltado es mío.
[6] Errico Malatesta, Sindicalismo y Anarquismo, La protesta, número semanario del 29 de Junio de 1925
[7] Emilio López Arango, Sindicalismo y Anarquismo, La protesta, número semanario del 13 de Julio de 1925
[8] Emilio López Arango, Doctrina y Táctica, Certamen internacional de La Protesta, Buenos Aires 1927. El artículo fue reeditado en un folleto de Ediciones FORA con el mismo título, hacia el año 2009.
[9] El resaltado es mío.
[10] Malatesta, Hacia dónde se dirige el movimiento obrero
[11] Errico Malatesta, Ciencia y Anarquía – Pensiero e Volontà, 19 de febrero de 1926, citado en Vernon Richards, Malatesta: pensamiento y acción revolucionarios. – 1a ed. Buenos Aires : Tupac Ediciones, 2007, p. 47
hernán mancuso
Categoría: Opinión
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