¿Qué capitalismo?

Hay dos cosas, entre tantas otras, que el movimiento obrero puede capturar del anarquismo: 1- La acción directa, que consiste en atender un problema sin intermediarios, dado que el problema es propio; en este sentido, la cuestión social nos empuja a encontrar soluciones más que culpables. 2- No hay una única causa que explique todos los fenómenos.

Desde el siglo XIX en adelante, hay dos grandes centros de atención para las cuestiones políticas y económicas: el Estado Moderno y el Capitalismo, respectivamente. Pero cierto ejercicio de voluntad cientificista intentó una solución universal para los asuntos sociales integrando estas dos instituciones en una sola. De esta manera, se ubicó al Capitalismo como la causa misma del Estado Moderno, en la medida en que el Estado Moderno es interpretado como la institución política propia de un momento histórico, determinado materialmente en el contexto de la dialéctica material de la historia. En otras palabras, asumiendo que la existencia humana está materialmente determinada, y que la materialidad de las relaciones sociales es el sistema de producción, se asume que la economía es la determinante en última instancia de la “superestructura social”.

Todos estos conceptos, que claramente pertenecen al idioma de la militancia política, se impregnan en los análisis y discursos que se lanzan acerca de la cuestión social, especialmente cuando se la interpela desde una posición crítica del capitalismo, o incluso anticapitalista.

Así, la economía, entendida como la “determinante en última instancia” de las cuestiones sociales y políticas, acaba siendo la principal responsable de todos los asuntos relativos a la cuestión social.

Como consecuencia de ese modelo, el Capitalismo comienza a ser la explicación de todos los factores problemáticos de la vida social convirtiéndose en una entidad que trasciende por completo la cuestión económica. El Capital, así entendido, ya no es más el cúmulo de bienes que se destinan a la producción de riquezas, sino una relación social. Esto tiene sentido en dos direcciones: 1- identificar que la valorización del capital en el proceso productivo implica relaciones sociales de producción y distribución de riqueza y 2- que la actividad económica es eminentemente social. Pero, considerando la segunda dirección, la primera se vuelve redundante: todo en la economía reviste carácter social, de modo que cualquier aspecto de la economía expresa y contiene, de una u otra manera, relaciones sociales. Pero esto no significa que la economía no sea por sí misma una dimensión de la vida común con sus propias condiciones, incapaz por sí misma de determinar a las demás, y con la misma autonomía que tienen, respecto de ella, la política o la estructura psicosocial.

Aquí se abre, entonces, un problema de lo más relevante. Si se considera al capital como una relación social y se lo desconecta de su función estrictamente económica, el capitalismo acabará siendo todo lo que se pueda desprender de esa relación, quedando su carácter económico desdibujado en el entramado de asuntos sociales y políticos que borran por completo la discusión de fondo del sistema capitalista. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió en la historia de los últimos doscientos años.

Una vez que se aceptó, en virtud de cierto materialismo, la determinación económica, se asumió que el sistema productivo determina toda la cuestión social. Por eso es que democracia y capitalismo, por un lado, y totalitarismo y socialismo, por otro, suelen integrarse como como si los uniera una causalidad determinante. Sin embargo, es fácil observar que múltiples asuntos relativos a la desigualdad en la sociedad humana son trascendentes respecto del capitalismo. Esta distinción entre economía, política y sociedad es lo que explica la existencia del patriarcado, el racismo o incluso la propiedad en sociedades no capitalistas. 

Esta observación permite notar que la tesis de la determinación económica contenía ya desde sus inicios cierta incapacidad para resolver algunos aspectos de la vida común, y que para compensar esa incapacidad era necesario forzar la interpretación de la historia. Esto se fue volviendo más y más notorio con el impacto de ciertos desarrollos de las investigaciones antropológicas, lingüísticas y psicológicas, pero, por sobre todo, con la evolución de sus consecuencias políticas.

De modo que aquella tesis entrará en crisis en el siglo XX incluso desde adentro de su espacio ideológico natural. La consolidación del Estado Soviético, por ejemplo, se llevó adelante partiendo de tesis leninistas que dan cierto grado de autonomía a la política en la configuración de un aparato de poder que cobró su propia dimensión por fuera del control eficiente del sistema productivo. Más adelante la evidencia de que la cuestión social en el mediomundo soviético no se resolvió en absoluto, puso de manifiesto que las múltiples condiciones de la opresión no se resuelven con la revolución política y la captura estatal de los medios de producción. Una miríada de intelectuales marxistas comenzó a desgranar esa experiencia en múltiples tesis que ofrecieron diversas maneras de resignificar el capitalismo para convertirlo en casi cualquier cosa menos un sistema económico. Desconectada la cuestión social de su determinismo economicista, el capitalismo no recuperó su lugar en el análisis como sistema productivo sino que se sostuvo en el lugar del gran culpable de todos los males modernos y posmodernos.

La propaganda soviética había instalado la idea de que el imperialismo era la fase superior del capitalismo, para conseguir así que las resistencias nacionalistas de los Estados Capitalistas del mundo, en contra la dominación de los EEUU, coleccionaran el ímpetu del socialismo revolucionario y abrieran cancha a la dominación imperial soviética. Es el paradigma de los movimientos latinoamericanos de liberación nacional. En este giro narrativo del anticapitalismo se advierte lo que vino después: toda opresión es una forma del capitalismo.

Digamos entonces que el razonamiento acaba siendo algo así: partimos de que la economía determina las relaciones sociales; el sistema económico vigente es el capitalismo, luego, el capitalismo determina las relaciones sociales vigentes; pero advertimos que las relaciones sociales no están tan determinadas como creíamos por la economía; y aquí se produce el acto de magia conceptual, la falacia autonomista, y, en vez de considerar que el capitalismo no es el factor determinante de todo lo demás, asumimos que todo lo demás también es capitalismo.

Si las resignificaciones del capitalismo al vuelo han sido apabullantes en la segunda mitad del siglo XX, entrar en el siglo XXI es un relajo. Se dice absolutamente cualquier cosa. Pero, desde las amplias alamedas de las resistencias sociales y políticas, la identificación de todas las causas con la causa del capitalismo persiste. ¿Se puede ser antipatriarcal sin ser anticapitalista? ¿Se puede ser ambientalista sin serlo? ¿Se puede luchar por la emancipación de los pueblos originarios sin luchar contra el capitalismo? Sí, se puede.

Y es que el capitalismo es un sistema económico y, por más que los distintos espacios de la vida común se entrelacen, no dejan de ser distintos. Es imprescindible retomar la distinción necesaria entre lo político, lo económico y lo social. Esta distinción, si se quiere clásica, ha sido completamente descalificada en los últimos tiempos, diríase en el último siglo. Las fronteras categoriales en el pensamiento contemporáneo no se ven habitualmente con agrado. Sin embargo, es indispensable recuperar la distinción conceptual entre estos asuntos si lo que pretendemos, más que conseguir culpar a algo o a alguien, es resolver los asuntos de la cuestión social, cuanto menos así como se nos presentan ahora.

Identificar al capitalismo como un sistema económico habilita dos cuestiones fundamentales: 1- crear recursos concretos para atender sus males y subvertir su fundamento hasta conseguir su destrucción; 2- ganar la misma eficacia en los otros asuntos que, confundidos con el capitalismo, no se resolverán jamás.

De modo que aquí, convocados por la cuestión del capitalismo en el siglo XXI, bien haríamos en identificar de qué capitalismo estamos hablando. Y en esto no hay dudas: el capitalismo es uno solo. Puede haber variantes, corrientes que al interior del capitalismo se peleen entre sí. Puede haber más o menos control Estatal, o incluso pretenderse que no haya ninguno, pero el capitalismo es un único sistema cuyos fundamentos no son demasiados.

A diferencia de lo que muchas veces se considera, un sistema no siempre es un artefacto de diseño. Los sistemas realmente existentes no son productos de laboratorio, al estilo de los diseñadores utópicos de mundos ideales. De hecho, el paradigma revolucionario debería tomar esta cuestión con la importancia que merece para reconsiderar hasta qué punto es justificable la ilusión de una transformación final, completa y determinante, que pueda diseñarse primero e implementarse después, para la realización definitiva de la justicia en el mundo.

Nada de esto se parece al capitalismo, un sistema que como tal no tiene vocación ni ambición ni malicia. El capitalismo no actúa: simplemente es. No se trata del conjunto de los capitalistas. Ni siquiera del conjunto de todos los habitantes del mundo capitalista. Se trata de las condiciones en las que se producen los fenómenos económicos en la sociedad que, por tal razón, nombramos capitalista.

Simplificando al extremo: identifiquemos como fenómenos económicos la producción, distribución y consumo de bienes. El capitalismo es un sistema en el cual la propiedad sobre los bienes de capital habilita la concentración de la riqueza producida socialmente en manos de los propietarios, a través del intercambio de mercancías hasta el extremo de que cualquier mercancía, en virtud del intercambio, tiene la potencia de convertirse en capital. En esto consiste la expoliación capitalista, es decir, el robo que se realiza sobre los desposeídos apropiándose los poseedores de la parte de la riqueza que por justicia les pertenece a los primeros. Y, dada esta injusticia estructural, el esfuerzo productivo se concentra de modo inverso, con la consecuencia por todos conocida: el trabajador concentra el esfuerzo productivo para que el propietario concentre la riqueza.

No hay mucho más. Posiblemente todo lo que se pueda decir del capitalismo está en el interior de estas relaciones. Los vicios de una sociedad patriarcal, estatal, representativa, delegativa, racista, etc. no se explican desde el capitalismo, por más que deban observarse relaciones muy claras entre las condiciones económicas del capitalismo y las forma particular que en su contexto asuman las demás.

La necesidad de organizarnos los trabajadores para atender la cuestión social desde la perspectiva económica nos empuja a la comprensión de qué clase de sistema económico habitamos, cuáles son sus condiciones y de qué manera son injustas. Todo lo que seamos capaces de hacer depende de qué tan consistentes sean nuestras descripciones del mundo respecto del mundo mismo. Luego, los criterios de justicia y los principios que nos llevan a la acción no se desprenderán de esa descripción. En otras palabras: necesitamos transformar el mundo porque es injusto y porque, para peor, los trabajadores somos, en el aspecto económico, los principales afectados de esa injusticia.

La figura de un capitalismo que todo lo impregna, como un dios inmanente que está en todas las cosas, es una entelequia que no se puede combatir, y que sirve por lo tanto como una justificación eterna de una estetización romántica de la resistencia que servirá únicamente para engolosinarnos en el imaginario de la superioridad moral del mártir. Lo importante no es luchar ni resistir, sino vivir lo mejor posible y cambiar el mundo. Y es por eso que es preciso luchar y resistir. Invertir el orden de las cosas solamente sirve para convertirnos en burócratas de un activismo inconducente, repleto de grandes consignas y desconectados casi por completo de la transformación material de nuestras vidas.

Hernán Mancuso
Categoría: Opinión
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