“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”.
En un contexto donde el desempleo y la precarización continúan golpeando con fuerza a la clase trabajadora, nosotros desde la FORA queremos recordar la Revolución Social Española de 1936. Aquel histórico 19 de julio fue el inicio de una experiencia única de organización obrera, donde los trabajadores tomaron las riendas de la producción y los servicios, desafiando al capitalismo desde sus cimientos. Noventa años después, aquel sueño de autogestión obrera y colectivización del campo resuena como un borroso destello que contrasta fuertemente con este presente de capitalismo campante, con gurúes y pregoneros a escala global infestando retrocesos sociales y pérdida de derechos conquistados propios del siglo XIX.
El legado de aquella revolución en España pero que perteneció al mundo entero, nos obliga a contrastar la acción directa y la solidaridad de los trabajadores de 1936 con este presente de sindicatos actuales calladitos, esforzándose por moverse en el trapecio y sobrevivir apenas, con sus mastodónticas estructuras (hoy pirámides casi vacías) buscando reconstruir la connivencia con las patronales a costa de la clase trabajadora, al cortarseles desde el Estado el rol de paz social peronista que impuso por más de medio siglo la ley del unicato sindical y que tanto les sirvió para vender y entregar a sus anchas. Hoy apenas si van en procesión a la OIT a mendigar un tímido reproche internacional a las políticas del gobierno actual en contra de los trabajadores.
Mientras en el espectro político abundan las internas y las carreras por ocupar lugares hacia las próximas elecciones, la realidad del pueblo trabajador es mucho más cruda y dura. Y es que, mientras los políticos se debaten en sus estrategias electorales, la “motosierra” del ajuste no cesa. El Estado en su rol de patronal despide personal capacitado como en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA); el Instituto de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el INTI. Los despidos masivos se multiplican mientras se denuncian nombramientos discrecionales y una “transformación regresiva” del entramado productivo que destruye miles de puestos de trabajo registrados.
Como verdadero salvavidas al gobierno, llegaron los fuegos artificiales del Mundial de Fútbol, que desviarán la atención del pueblo como dosis de opio moderno. Mientras las selecciones nacionales intentarán traer alegría a países sumidos en la incertidumbre, el gobierno de acá avanzará en la entrega de recursos naturales, como las vías navegables del río Paraná, a capitales extranjeros y en el desguace del aparato tecnológico, sin que medie resistencia. El Mundial será el gran show que ocultará los despidos, el cierre de empresas y la pérdida de derechos laborales. La euforia deportiva contrasta de manera brutal con la angustia de quienes pierden su medio de sustento diario, una distracción perfecta para que el gran capital siga haciendo sus goleadas.
A 90 años de aquella gesta que fue la Revolución Social Española, la historia nos llama a no dejarnos distraer, a reivindicar la memoria de quienes lucharon por construir un mundo diferente y a entender que el camino para salir de esta situación para los trabajadores no pasa por las urnas, sino por recuperar la solidaridad y la capacidad de unir y organizar la bronca y el control de nuestros propios destinos. Sin dejarnos engañar por el ruido de las promesas vacías de la política que nos es ajena. La alternativa, como siempre, estará en la organización y la lucha de la clase trabajadora.
