Crédito de la imagen: fotomontaje a partir de Niños trabajadores en una mina de carbón, fotografía de Lewis Hine (1911).

8 horas

Un sueño: 8 horas de descanso y 8 horas de ocio. Las 8 horas restantes para trabajar.

Estamos acostumbrados a decir trabajo para nombrar una actividad productiva, una actividad que se relaciona con la dignidad que gana la persona humana cuando transforma el mundo con su esfuerzo y proyecta su propio crecimiento en la realización de una tarea, en lugar de abandonarse a la vagancia y el facilismo. Sin embargo haríamos muy bien en revisar esta noción.

No hace mucho tiempo era habitual escuchar a alguna abuela decir de algún nieto: es un muchacho muy trabajador. O muy laborioso, solía decirse también. Pero ambas expresiones no se usaban de la misma forma. Alguien muy trabajador es alguien que cumple rigurosamente con la obligación de madrugar y esforzarse en una tarea regular por la que recibe una retribución. Es la cultura del trabajo, es decir, el elogio de la conducta sistemática y formal que lleva a la persona a disponer de su esfuerzo concienzudamente cumpliendo un deber por el cual, insisto, es remunerado.

Alguien laborioso es alguien que se dedica con gran esmero en una tarea por la tarea en sí, es decir, alguien que se esfuerza mucho en hacer bien lo que está haciendo porque le importa el resultado de la labor. Esa laboriosidad está desconectada de la retribución y la tarea se explica por sí misma. Visto desde una perspectiva productiva, la labor es una tarea centrada en el producto, mientras que el trabajo está centrado en la retribución. De ahí que las tareas hogareñas sean nombradas como labores y no como trabajo. La persona que atiende los asuntos de su casa, lavando la ropa, reparando las instalaciones, pintando las paredes o haciendo la comida, o cualquier otra tarea de alcance inmediato, doméstico, hace las “labores de la casa”. La persona que hace las mismas cosas en casa de otra gente, y que, mal o bien, cobra por ello, está haciendo trabajo doméstico.

La palabra labor deriva de una palabra latina, labor -oris, que significa trabajo o tarea, pero más propiamente fatiga, y de la que deriva también labranza  [1]. La raíz es indoeuropea y significa algo así como balanceo, y está por lo tanto vinculada con el cansancio que los labriegos tuvieran luego de una jornada de esfuerzo productivo. La palabra trabajo deriva, por el contrario, del latín trapaliare, que significa torturar y deriva de tripalium, que es un instrumento de tortura de tres palos que usaban los romanos para inculcar en los esclavos la cultura del trabajo. La etimología por sí misma no explica nada (la palabra inglesa travel, que significa viaje y que actualmente puede relacionarse con las vacaciones, también deriva de tripalium). Sin embargo, la diferencia etimológica entre labor y trabajo es consolidada por el uso en una cultura que conserva entre sus tácitos esa diferencia. Cabe afianzar esa distinción para comprender una de las instituciones fundamentales de una economía de intercambio: el trabajo.

Trabajo es una forma específica de labor que está desvinculada de su objetivo primario, que es el producto, para estar enfocada en la retribución. Por eso cabe decir que hay una alienación en el sentido de la tarea. La alienación del trabajo no es la ausencia de una conciencia de clase, sino la desconexión de la tarea respecto de su sentido primario.

Desconectar una tarea del producto equivale a quitarle a la persona que trabaja el sentido de su propia tarea. Implica exponer a la persona a una actividad sin sentido a cambio de una retribución que le permita vivir en una sociedad en la que todo se ha vuelto mercancía, es decir, en la que todo implica un intercambio. Esta situación tan particular está no obstante tan naturalizada que incluso hay quienes reclaman que las labores sean retribuidas, cuando lo que deberíamos estar persiguiendo de forma sistemática es la abolición del trabajo. Claro que, a diferencia de no pocas voces alzadas en la dirección de la abolición del trabajo, lo que deberíamos poner en el horizonte no es la desaparición del esfuerzo, sino una racionalidad económica que disponga del esfuerzo común para el beneficio común poniendo la tarea productiva en relación directa con el producto y la necesidad de consumo en relación directa con su satisfacción, según las existencias.

Es fácil caer en la tentación de imaginar un mundo en el que no sea necesario esforzarse y despotricar así contra el trabajo como si cualquier tarea productiva, organizada y trascendente respecto del deseo individual fuera una opresión que la sociedad despliega sobre el individuo. Esta perspectiva es errada en varios sentidos. El primero es considerar que hay una distancia suficiente entre individuo y sociedad como para que la sociedad ejerza sobre el individuo alguna clase de opresión, cuando son indefectiblemente dos caras de la misma moneda.

El segundo error, sin ánimo de agotar la lista, es considerar que toda tarea productiva, organizada, regular y trascendente respecto del deseo individual es trabajo. No hay razón alguna para suponer que una sociedad pueda ser viable sin un esfuerzo común de tales características. Lo que resulta imprescindible abolir, si se aspira a un mínimo grado de justicia en el orden social, es la alienación que hace, de esa clase de tarea, un trabajo. En esta distinción está la semilla verdadera del comunismo, que implica la incorporación de una dimensión de lo común que se debilita seriamente en la idea misma de intercambio.

Para que el intercambio tenga sentido es preciso que haya alguna clase de reconocimiento general sobre la correspondencia de una cosa respecto de una persona. Actualmente ese reconocimiento es el sacrosanto derecho de propiedad. Pero podría ser, por ejemplo, el derecho de posesión o la simple necesidad. Sin embargo, si acaso el derecho de necesidad primara sobre cualquier otro, los bienes de una sociedad habrían de distribuirse de forma tal que las necesidades comunes y particulares estuvieran lo más justamente cubiertas dadas las condiciones. De ser así, el intercambio podría persistir como una actividad marginal que tienda a compensar los errores de una primera distribución, pero nunca como la matriz de la distribución primaria. Una sociedad con algo de justicia no es compatible con una distribución de la riqueza centrada en la propiedad y que expone a los desposeídos a la venta de su fuerza de trabajo, es decir, al sacrificio del sentido de su tarea permanente a cambio de una retribución. Esta alienación es contraria a cualquier concepto de dignidad.

De modo que la primera cuestión del comunismo es interpelar la institución del intercambio y apelar a una distribución económica centrada en la necesidad. Pero aquí hablamos de la distribución económica como si fuera solamente la distribución de la riqueza, es decir, del producto, siendo que también es preciso considerar la distribución del esfuerzo. Después de todo, hablar de economía no es más que hablar de una balanza entre esfuerzo y beneficio. Así como el beneficio de la tarea productiva es el producto y éste debería repartirse según las necesidades, el esfuerzo debería repartirse también con algún criterio de justicia. Actualmente el criterio con el que se distribuye el esfuerzo es simple: los más pobres venden más barato su esfuerzo porque están más desesperados por obtener algo de la riqueza social toda vez que ese algo que consigan representa la propia supervivencia, de modo que para obtener cierto ingreso el pobre trabaja infinitamente más que el rico (en el caso en el que el rico trabaje). Éste criterio es casi cualquier cosa menos justo dado que es lo más lejano que hay, después de la esclavitud, al principio de igualdad.

Lo más razonable, en atención a ese principio, es distribuir el esfuerzo productivo según la capacidad, de forma que todos nos esforcemos de manera considerablemente pareja dadas nuestras capacidades, así como la distribución se haría de forma considerablemente pareja según las necesidades y las existencias. Por eso es que la máxima comunista, su expresión más sintética, es “de todos según su capacidad y a cada uno según su necesidad”.

Lo que se está poniendo en crisis con esa máxima respecto del mundo actual es principalmente la institución del trabajo, dado que no habiendo intercambio de esfuerzo por beneficio la alienación de la tarea en virtud de la retribución podría desaparecer. Y esto es propio del comunismo porque pone de relieve, precisamente, lo común. Lo común no es la sumatoria de las individualidades, como si se tratara del “factor común” de todas las cosas de la misma especie, sino más bien la dimensión de la vida humana que se abre cuando las individualidades se conjugan, se articulan entre sí en beneficio recíproco hasta que esa reciprocidad desaparece como tal y da lugar a la comunidad. No es lo mismo sumar doscientas parcelas de una hectárea que disponer en conjunto de doscientas hectáreas. No son lo mismo dos monólogos que un diálogo.

Ésta perspectiva común es el sentido mismo de la economía y de la sociedad. Las tareas productivas organizadas producen más que una serie de tareas individuales. Dicho de forma más tradicional, el trabajo organizado produce siempre un beneficio. Ese beneficio es una riqueza adicional respecto de lo que se hubiera podido producir sin esa organización. La explotación económica del capitalismo consiste precisamente en el aprovechamiento privado de ese beneficio común por parte de quienes aportan capital al proceso productivo. A su vez, ese capital es producto de la apropiación anterior de ese mismo beneficio, ya sea por una participación equivalente en períodos anteriores, por herencia o por cualquier otra forma de apropiación privada de la riqueza social (tampoco son tantas).

En definitiva, la contracara del trabajo es el plusproducto apropiado de forma privada, lo cual es sinónimo de explotación. Donde hay trabajo hay explotación. Y si bien esa explotación no debería pensarse de forma directa como una transferencia inmediata de valor del trabajador individual al patrón individual, como suele suceder, es imprescindible comprender su relación esencial y ampliar este concepto hacia la otra dimensión de la injusticia económica contemporánea que es la expoliación.

Expoliar significa robar, y de ahí la clásica expresión proudhoniana que dice “la propiedad es el robo”. Su etimología es también interesante: deriva de despojar, y ésta de spoliare que significa saquear, y que deriva a su vez de spolium, que es el pellejo de los animales. La expoliación es un saqueo al punto de quitarnos todo y el pellejo. Por eso es un concepto fundamental para comprender la naturaleza de la injusticia del sistema económico actual. La riqueza acumulada en altísimo grado de concentración en unas pocas manos proviene de la pobreza que se multiplica en todas las demás. No es una cuestión de apariencias ni de envidias: es un asunto contable.

Cuando los dueños del capital capturan del proceso productivo el plusproducto se lo quitan al conjunto de la sociedad, toda vez que toda tarea productiva es común. Los factores que efectivamente intervienen en un proceso productivo y que se agrupan en tres conjuntos (materias primas, trabajo y capital) son en rigor innumerables, es decir, incontables, incalculabes y, por lo tanto, indiscernibles. Lo común, insisto, no es una sumatoria sino una dimensión. Por eso es que cualquier retribución en nombre de la propiedad privada del capital es en sí misma un robo. A su vez, esa misma riqueza robada, apropiada por los dueños del capital, es reinvertida en una repetición permanente del proceso productivo, por más que se desplace el mismo capital en distintas aventuras más o menos rentables. Gracias a la magia de la representación dineraria de la riqueza, es decir, de su expresión simbólica en dinero, el plusproducto obtenido de un proceso puede invertirse en otro, o trasladarse a través del sistema financiero a otros completamente lejanos e inconexos, pero siempre acabarán anclando en la captura de plusproducto, en un nuevo robo que se realiza contra el conjunto de la sociedad y que afecta directamente a quienes no participan de la propiedad del capital, más allá de su participación directa en uno u otro proceso productivo.

De modo que la ganancia del empresario tiene un mínimo que vuelve viable la producción y ese mínimo es el máximo del salario. El salario, entendido como la retribución global del trabajo, tiene como máximo la rentabilidad mínima del empresario. Sin embargo, rara vez se alcanza ese máximo. La rentabilidad del empresario tiene por límite máximo la supervivencia del obrero o su rebelión. La pasividad de los trabajadores consustanciados con la cultura del trabajo y la legitimación que se le da a la ganancia en nombre de cierta liberalidad económica naturalizada, es posiblemente el principal combustible de la expoliación. El robo se consolida con la complicidad, activa o pasiva, del expoliado.

La doctrina liberal identifica la humanidad con el individuo y escribe un cuento que nos han contado hasta el hartazgo: la sociedad es el resultado de una especie de contrato que los individuos, anteriores como tales a la sociedad en sí, han firmado para beneficio propio. De esa forma, la economía es el resultado natural de la confluencia de intereses individuales que prosperan en virtud del espíritu de aventura de los empresarios. La propiedad sobre los bienes de capital estaría así legitimada como expresión del trabajo anterior del empresario y del riesgo que éste asume al invertir su capital en el proceso productivo.

En este cuento se condensan mil vicios de la sociedad contemporánea. No alcanzaría un número entero de un periódico para profundizar lo suficiente en ellos. Baste señalar que en este cuento se imagina una igualdad de hecho que justifica una desigualdad por principios. Se supone que todos los individuos participan de un contrato en igualdad de condiciones y estipulan en conjunto y libremente que la propiedad heredada por un millonario, y la apropiación del producto del esfuerzo común, son legítimas porque sí. La propiedad se explica como resultado de una ganancia cuya legitimidad está imaginariamente relacionada con trabajo anterior, lo cual es completamente falso a nivel sistémico y sólo puede ser circunstancialmente cierto en el orden de la excepción. Pero, aunque esto fuera cierto, lo más importante es que la propiedad privada sobre el producto íntegro del proceso productivo por parte del dueño del capital no se explica de ningún modo ¿Qué es lo que autoriza la desaparición de lo común en manos de la apropiación privada del producto? ¿Qué es lo que autoriza que a la tarea productiva se le quite su sentido a cambio de la retribución? ¿Qué es, en definitva, lo que autoriza que la propiedad y el lujo privado sean más importantes que la necesidad común?

La lucha que los trabajadores de fines del siglo XIX y principios del XX lanzaron por la jornada de 8 horas era precisamente una lucha por limitar el grado de expoliación que sufrían y, al mismo tiempo, una presión para obtener de la vida social un grado menor de alienación. No porque pudieran con las 8 horas obtener una recuperación del sentido en la tarea, sino porque esas 8 horas significaban una ampliación del tiempo de vida por fuera de la rutina laboral. La vida del obrero tiene sentido cuando sale del trabajo. La reducción de la jornada es a un tiempo una conquista económica, reduciendo el esfuerzo y manteniendo la retribución, y también una conquista existencial.

Todos los avances de la técnica productiva confluyen en una expoliación cada vez mayor porque el esfuerzo del trabajador no se reduce en la misma magnitud en la que se aumenta la productividad. La generación de plusproducto es cada vez mayor, pero ese beneficio es sistemáticamente capturado por los dueños del capital. Actualmente estamos llegando a un extremo en el que la población ya se ha vuelto en gran medida productivamente innecesaria y es mantenida exclusivamente por su función desde el punto de vista del consumo. Los nuevos modelos de un capitalismo aggiornado a la cuarta revolución industrial prescriben una función reguladora del Estado a través del financiamiento de la pobreza para mantener activa su capacidad de consumo y seguir cosechando del esfuerzo común el beneficio privado. 

Cualquier fantasía distópica, cualquier sanguinaria comparación con los monstruos que más nos asustan, es poca. Hay riquezas individuales con dimensiones parecidas al producto bruto de países enteros, hay familias que tienen su vida multimillonaria garantizada por generaciones mientras toneladas de familias expoliadas, empobrecidas, no tienen perspectiva de conseguir un trabajo del cual sobrevivir. Si lo estuviéramos leyendo en vez de vivirlo estaríamos horrorizados, pero la ilusión de bienestar y la ambición individual nos adormecen cotidianamente en el consumo y en la buena suerte.

La jornada laboral de 8 horas ha sido quizás la consigna universal más potente y extendida de la lucha obrera. Hoy deberíamos estar peleando por la jornada de 4 horas en un sistema que, aún perseverando en su injusticia estructural, tenga la mínima limitación de no irse de mambo, de no enloquecer en la fascinación perversa de semejante expoliación rabiosa. Pero, en vez de eso, hemos retrocedido al punto en que ya no pensamos tanto en la jornada como en el trabajo mismo. 

Esto es algo sintomático. Hoy aceptamos el trabajo como una institución natural de la vida social. Hoy, incluso, tendemos a festejar nuestra identidad de trabajadores como si el 1 de Mayo fuera un cumpleaños feliz. O simplemente pasamos de eso y aprovechamos el feriado, si tenemos suerte. Quizás estamos trabajando igual. ¿Cuántos freelance descansan los feriados? ¿Quién trae la pizza los feriados? El 1 de Mayo pasó de ser una jornada de lucha a ser un juguete identitario activado con la fantasía del mérito liberal. ¿Abolición del trabajo? Un delirio. ¿Reducción de la jornada? Una fantasía. Hoy es más importante conseguir laburo. Compramos una bici, instalamos la app y salimos a pedalear para hacer las compras de los que tienen un trabajo mejor y no quieren salir de su sillón de dos cuerpos. Le damos la espalda a los compañeros que reclaman por mejoras o por atenuar las desmejoras, y nos cagamos a codazos para conseguir las horas extra. Competimos entre trabajadores autónomos, como si fuéramos nosotros quienes ponemos las reglas. Cedemos la iniciativa y dormimos hasta que alguien nos despierte para ir a laburar, hasta que alguien nos diga qué hacer y protestar, siempre acompasados con el ritmo de las cosas, con las consignas políticamente correctas que rebasan de ficciones las plataformas de video. La clase obrera quedó en el retrato magnífico de los Mártires, a quienes les prendemos tres velas pero de cuyas luchas hemos renunciado por completo hace mucho tiempo ya.

Si en vez de vivirlo lo estuviéramos leyendo estaríamos asombrados ¿La clase obrera ha renunciado a todo? ¿Entregó sus organizaciones a la representación para luego despreciar las organizaciones y protestar en el cómodo limbo de los desesperados? ¿Se aburguesó a cambio de un departamento dos ambientes, se acomodó en el plazo fijo UVA y se puso el sayo de la clase media? ¿Se acomodó al acampe por dos pesos al servicio del partido? Quién le hubiera dicho al siglo XX que sería tan antiguo el siglo XXI.

Sin organización el futuro es es la continuidad empobrecida y sistemática de esta misma descomposición, de esta resignación sin argumento. Siempre se puede estar peor. O nos organizamos o nos dejamos caer en masa hacia una distopía todavía peor que la que estamos viviendo.

Si no tenemos futuro, aprendamos del pasado. 8 horas de trabajo, 8 horas de ocio y 8 horas de descanso. Hoy parece una utopía. Algo hicimos mal.

[1] Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Joan Corominas – Tercera Edición, Editroial Gredos. Referencias tomadas del facsímil digital
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Categoría: Opinión